Las formas y modos para concretar la aprobación de una reforma electoral han dejado importantes revelaciones. De este proceso errático destaco, en primer lugar, la ausencia de claridad en los objetivos. De la ambición por desaparecer la representación proporcional, recortar recursos públicos a los partidos políticos y disminuir al Instituto Nacional Electoral, el grupo gobernante terminó cediendo en lo que clamaba como principios y compromiso con “el pueblo”.
Sin entrar al recuento de los múltiples planes del sexenio anterior, en esta ocasión la prioridad de “acabar con privilegios” y sustituir la proporcionalidad con el voto directo fue desplazada por el afán de utilizar la figura de la revocación de mandato como herramienta de campaña desde la Presidencia de la República. Sin embargo, lo aprobado el miércoles en el Senado tampoco cumplió con tal anhelo.
El supuesto ahorro en el gasto público resulta ser solo otro espejismo narrativo. Los rangos aprobados para imponer topes a la cantidad de cargos de representación en municipios y al porcentaje presupuestal a Congresos estatales no solo invaden las soberanías de las entidades federativas, sino incluso podrían derivar en incrementos de los recursos públicos a repartir.
En el camino, quienes damos seguimiento a la información política observamos grietas en los muros del poder. Por un lado, la ineptitud -o perversidad- en el proceso de elaboración de las iniciativas. Por otro, partidos aliados al poder que se crecieron ante la amenaza de perder presencia y recursos y lograron deconstruir las intenciones de la jefa del Ejecutivo. A ello se suma la serie de vocerías altaneras que continúan llenando el vaso de las contradicciones y combates al interior del partido que se quiere hegemónico.
Aún no se conoce el costo real de insistir en una reforma innecesaria y que aventó al basurero la construcción consensuada de un sistema electoral que, paradójicamente, fue la plataforma de los triunfos electorales de Morena. Por lo pronto, la voz oficial niega derrota política alguna, las justificaciones rallan en el ridículo y los reacomodos entre la nueva clase privilegiada se exhiben sin recato.
¿Es todo esto un distractor de otras realidades que se intentan ocultar, o son solo una muestra más de que las pretendidas lealtades no suplen las capacidades? Porque mientras tanto, la lista de los problemas estructurales del país sigue creciendo: la violencia, la inseguridad, la colusión de autoridades con el crimen organizado, la impunidad, las desigualdades, el endeudamiento, la elusión de responsabilidades, los mecanismos para aniquilar voces independientes, las presiones extranjeras…
Por lo pronto, lo que sí vemos transformarse son las prioridades discursivas de Morena. O, al menos, así lo sugiere su más reciente campaña de promocionales en tiempos oficiales, que abandona la reiteración de logros para centrar sus esfuerzos en una estrategia de mayor polarización social. “Siempre hay lados”, entonan.
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