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Safari revolucionario de elite por la miseria cubana

La autoproclamada progresía occidental, eminentemente europea y estadounidense, no sólo ha expuesto de manera grotesca su extravío ético y su quiebra política al protagonizar un episodio de turismo revolucionario en Cuba para dar un espaldarazo a un régimen caduco, tiránico y agonizante.

Lo ha hecho -además- con obsceno escarnio de la población cubana que sufre de toda suerte de privaciones, al alojarse en hoteles de cinco estrellas, con toda clase de boatos y privilegios, tales como alimentos y bebidas sin restricciones o aire acondicionado, en una isla que lleva décadas padeciendo racionamientos y cortes constantes de electricidad.

Llegaron por vía aérea, volando en clase ejecutiva o por vía marítima, en la parodia de la parodia, en una nueva flotilla “Nuestra América” o abordo de un barco pesquero, predeciblemente rebautizado como Granma II, donde la fiesta y el exhibicionismo de cara al Instagram camparon a sus anchas.

Para colmo de males y echando más sal a la herida, los redentores y biempensantes de siempre celebraron su acto de solidaridad y justicia social con una atronadora fiesta que exigió demasiados kilovatios al exangüe sistema eléctrico cubano y provocó un nuevo apagón, que no obstante, los dejó indemnes habida cuenta de las plantas de luz con las que cuentan los hoteles de lujo en los que se hospedaron.

Como cierre espectacular de su autobombo fueron recibidos en calidad de dignatarios por el obscuro dictador de Cuba, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, en el Palacio de Convenciones de La Habana. a quien dispensaron toda suerte de vítores, repitiendo trilladas consignas y tópicas condenas contra el “bloqueo estadounidense”. El tirano agradeció emocionado a los justicieros narcisistas, por su generosa solidaridad en tiempos de dificultad para su fallido régimen.

Entre los protagonistas de tan lamentable sainete cabe distinguir a Pablo Iglesias, fundador del partido Podemos y ex vicepresidente de España; el exdirigente laborista británico Jeremy Corbyn; la activista toda causa sueca, Greta Thunberg, entre otras santurronas luminarias.

El político británico se ha significado por su rancio apego al estatismo de los años 70, su aval como dirigente del laborismo al autodestructivo Brexit, que ha llevado a su nación a la debacle económica, en sospechosa complicidad con arraigados euroescépticos de la talla de Boris Johnson o Nigel Farage, o de un mohoso antisemitismo del que hace gala a la menor provocación.

Por su parte, Iglesias ha dado repetidas muestras de su inconsecuencia a la hora de practicar lo que predica, al vivir ahora en una lujosa residencia en el exclusivo suburbio madrileño de Galapagar, o enviar a sus hijos a escuelas privadas, al tiempo que ha encumbrado a su esposa a prominentes y lucrativas posiciones políticas en el gobierno español y Parlamento europeo.

Ambos justicieros de tiempo completo han callado ante la agresión rusa contra Ucrania o frente a las masacres perpetradas por la teocracia iraní contra su propia población. Más que un genuino deseo de redención social, lo que los mueve es un muy burdo antiyanquismo.

En la década de 1930, la Unión Soviética usó puestas en escena —denominadas aldeas Potemkin— para presentar una versión edulcorada de la vida socialista a visitantes y periodistas extranjeros. Estas operaciones estaban diseñadas para ocultar las duras realidades de las políticas estalinistas, como la hambruna, la escasez y la represión, tras una fachada de prosperidad y éxito industrial.

Díaz-Canel no tuvo que hacer lo propio ante los salvadores occidentales. Estos miraron indiferentes, y acaso divertidos, la actual miseria cubana como si de un safari se hubiera tratado.

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