El domingo 15 de febrero, Salma Hayek sorprendió al participar como oradora en un evento organizado por la presidencia de la República, donde se anunció un plan integral para apoyar al cine mexicano que incluye una reducción de 30% del ISR.
Salma, veracruzana que emigró para abrirse paso en la industria cinematográfica global, es una figura que rara vez pisa México —y cuando lo hace, pasa inadvertida para la mayoría. Su notoriedad internacional creció exponencialmente tras su relación y posterior matrimonio con el empresario francés François-Henri Pinault, CEO del grupo de lujo Kering, cuya fortuna familiar oscila entre los 20 mil y más de 30 mil millones de dólares, provenientes principalmente del 41% de participación en Kering (Gucci, Saint Laurent, Balenciaga) y del holding Artemis, propietario de Christie's. Desde entonces, la actriz adquirió relevancia en la escena social mundial y en la industria de la moda que su esposo domina.
Los mexicanos solemos albergar la ilusión ingenua de que nuestros compatriotas exitosos —con acceso a medios internacionales, foros relevantes, entrevistas exclusivas, alfombras rojas y relaciones al más alto nivel— aprovecharán cualquier oportunidad para manifestarse sobre la realidad que vive el país. Sin embargo, el espectáculo y la política rara vez se cruzan. Los artistas mexicanos miden cuidadosamente sus expresiones porque el temor a tomar postura, a ser vinculados con alguna ideología o, peor aún, con gobiernos y partidos políticos, si acaso lo hacen, es para acercarse a alguna causa que les simpatice.
Lo que resulta inexplicable es que quienes llevan años sin residir en México —y por tanto sin padecer el horror creciente que enfrentamos quienes aquí habitamos—, quienes han guardado silencio para proteger su imagen e intereses, se presenten repentinamente a expresar opiniones absolutamente alejadas de la realidad. Ese es el reproche a Salma.
"A lo mejor lo que no teníamos era esta presidenta...", afirmó la actriz al relatar que se destrabaron las complicaciones para filmar en el país, la falta de recursos y las dificultades que enfrenta la clase artística y cinematográfica mexicana. Lo dijo rodeada de aplausos de una audiencia conformada por allegados al régimen y artistas vinculados ideológicamente al grupo en el poder, como Jesús Ochoa o Epigmenio Ibarra, el "cineasta" oficial del obradorato y sus narcos.
La oradora omitió mencionar que el mismo régimen que hoy gobierna eliminó en 2020 el Fidecine (Fondo de Inversión y Estímulos al Cine), un fideicomiso alimentado con recursos públicos. Cineastas como Cuarón, González Iñárritu y Del Toro expresaron entonces fuertes críticas por aquella medida arbitraria. Salma Hayek brilló por su ausencia. Un grupo de afectados se amparó —nuevamente, Salma no estuvo entre ellos— y en 2023 la Segunda Sala de la SCJN determinó que la desaparición del fondo fue inconstitucional, pues el gobierno "eliminó el único mecanismo legal que garantizaba el fomento permanente al cine", reconociendo así el derecho a la cultura y la no regresividad de los derechos.
La recuperación del Fidecine está actualmente en revisión legislativa tras el mandato de la Corte para subsanar deficiencias legales. En medio de ese forcejeo con la industria cinematográfica, llega el anuncio de la presidenta.
Salma declaró que "el cine mexicano estuvo abandonado por mucho tiempo", pero cuando este recibió uno de sus peores golpes, la artista calló. No usó su influencia. Olvidó ese gran amor que el domingo pasado dijo profesar a la cinematografía nacional, esa que —según expresó— estaba a punto de hacerla llorar porque a ella "le debe su carrera".
Indigna la poca memoria de Hayek cuando, por conveniencia, aplaude a las curruptísimas gobernadoras de Morena, como Rocío Nahle, gobernadora del estado donde la actriz nació y donde su padre amasó una fortuna en la industria petrolera, el mismo estado donde el crimen organizado mata a mujeres que no le pagan la cuota y la gobernadora monta un teatro para esconder la realidad.
Rompe el silencio, ojalá que por el bien de la cultura, arropada por la presidenta Sheinbaum, quien dijo "llegamos todas", aunque sólo unas pocas llegan, porque para llegar hay que aplaudir al régimen que encubre a los líderes del crimen organizado que despachan desde el poder público. Un gobierno que, según Hayek, está lleno de mujeres, pero olvida usar su potente micrófono para visibilizar a la mujeres que escarban con sus manos la tierra para buscar a sus hijos desaparecidos bajo el sol de Sonora, arriesgan la vida en Jalisco y sortean minas antipersona en Michoacán.
Salma aplaude el anuncio de un apoyo que ya existía, que el gobierno eliminó y ahora recupera con bombo y platillo, maquillado con novedades difíciles de cumplir. Lo hace en medio de la crisis más grande de desaparecidos, del maquillaje de cifras denunciado por organizaciones serias, de una crisis de salud con cientos de miles infectados por sarampión, de narcogobiernos que extorsionan, secuestran y matan, y del sistema educativo más deficiente de nuestra historia.
Ojalá Salma Hayek Pinault utilice los beneficios anunciados para producir películas que retraten la terrible realidad que vivimos los mexicanos, esa realidad tan alejada de su mansión en París.
