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San Quintín y la Presidencia omnímoda

El recorrido que el pasado fin de semana realizó la presidenta Claudia Sheinbaum por el olvidado municipio de San Quintín, en Baja California, devino regaño a los legisladores que le solicitaban tomarse una foto con ellos.

Según la versión de la propia mandataria, el abandono y las pésimas condiciones de trabajo de los jornaleros agrícolas y de quienes laboran en las maquiladoras, provocaron en ella alguna forma de indignación, por lo que le pareció “incongruente” hacer un alto para fotografiarse con los diputados de su partido. En lugar de eso, visiblemente molesta, les reprendió diciéndoles prácticamente que dejaran sus escritorios  y fueran a hacer “trabajo territorial”.

Supongo que la molestia de la señora presidenta fue esa, aunque también comprendo que no le hizo gracia –pero no lo mencionó– que había sido recibida por unos manifestantes que demandaban arreglar la carretera, tener hospitales dignos y muy especialmente la revocación de  mandato de la alcaldesa de San Quintín, la morenista Miriam Cano Núñez.

Fue así que el enojo de la señora presidenta la transformó abiertamente en militante y por eso amonestó y luego arengó a sus correligionarios a hacer trabajo político con la gente del lugar. Poco después, en la conferencia mañanera, explicó su reprimenda, pero que lo hizo “calurosamente”, porque ella está muy agradecida con todos los legisladores que han votado todas las reformas que ella les ha hecho llegar y –cosa de agradecerse aún más– sin mover una coma.

Lo normal, entonces, en “el país más democrático del mundo”, es que la presidenta actúe como dirigente partidista, y que, encima, regañe a aquellos que se supone representan a otro poder, según la violentada Constitución que todavía nos rige y que este 5 de febrero será celebrada.

Sabe la señora presidenta, porque ella misma lo demuestra a diario hablando de su “movimiento”,  que no hay distancia alguna entre el gobierno y su partido; que son uno mismo en todo el país y que eso ha facilitado que la corrupción prospere; que son mayoría –malhabida mediante la más torcida sobrerrepresentación– y por eso le parece de lo más natural su tono militante. Sabe también que los legisladores de su partido son poco menos que monigotes, lo mismo que la troupe de magos del acordeón que despacha como Suprema Corte de Justicia.

La Constitución (todavía) señala que hay tres poderes, pero todos sabemos que eso ya es letra muerta. El 5 de febrero será, pues, otra celebración de la Presidencia omnímoda.