"¡Son ustedes los que se dejan pisotear (…) Los tiranos solo tienen el poder que ustedes les dan!", Étienne de La Boétie, El discurso sobre la servidumbre voluntaria,
Escrito en 1548 y publicado de manera póstuma por Michel de Montaigne en 1572, años después de su muerte prematura, y conocido también con el nombre de Él conta uno, nos dice Sergio Sarmiento, es un clásico de la filosofía política que argumenta que la tiranía se sostiene, no por la fuerza, sino por la complicidad y el consentimiento de los propios oprimidos que actúan con naturalidad. Naturalidad condicionada.
De La Boétie plantea una paradoja central: ¿Cómo es posible que millones de personas se sometan a un solo hombre, a Él o a un pequeño grupo, lo toleren e incluso lo sirvan? Y de esta paradoja se deriva una tesis central: todo poder autocrático depende de la obediencia voluntaria de los dominados (o borregos). El tirano no tiene suficiente fuerza física para someter a un pueblo entero, si éste decide no obedecer. La sumisión es construida por el tirano a través de manipulaciones y privilegios, las costumbres: las nuevas generaciones nacen bajo una servidumbre que se construye desde las aulas, donde la sumisión a la ideología que impulsa el tirano se ve como un estado natural; las distracciones, como la propaganda oficial, los programas clientelares, verbenas populares, los conciertos en el Zócalo y la pintura en avenidas, y la red de complicidades con que el tirano crea una pirámide de poder donde unos cuantos (la cúspide) oprimen a muchos más (la base), otorgando favores y dinero, lo que garantiza lealtad incondicional.
Guardando las distancias históricas entre la monarquía absoluta de la Francia del siglo XVI y la autocracia del México contemporáneo y respetando los contextos históricos, existen coincidencias sociopolíticas notables con la tesis de La Boétie: la concentración del poder por parte del Ejecutivo federal, que busca restar autonomía a los contrapesos institucionales de la democracia liberal (Poder Judicial, Poder Legislativo, órganos electorales, organismos autónomos constitucionales, fiscalización superior); la red de lealtades populares, aseguradas a través de subsidios gubernamentales masivos, utilizados para asegurar la sumisión y el voto electoral cautivo; las adjudicaciones directas a empresas afines al régimen; el discurso que polariza, la propaganda, la manipulación del relato histórico, la división social (“ellos” y “nosotros”), y la narrativa oficial cuya misión es desacreditar a la disidencia, atacar la libertad de expresión, el periodismo independiente y la sociedad civil, organizada o no.
Para La Boétie, el autócrata necesita que no haya diálogos ni conversaciones y que la sociedad pierda su capacidad de razonamiento crítico. En México, las conferencias matutinas desde la cúspide y la maquinaria de comunicación/propaganda gubernamental dividen al país entre el “pueblo bueno y sabio” y los “traidores/adversarios”. La base cautiva (“servidumbre voluntaria”) defiende activamente las narrativas oficiales, incluso cuando contradicen datos duros de seguridad, educación o salud, participando como autómata en el linchamiento público de periodistas, defensores de derechos humanos y científicos, como si hubiera una “ciencia oficial” y una “historia oficial”.
La autocracia teme a los nuevos partidos políticos, como Somos México, y a las clases medias porque son capaces de mover conciencias y de combatir el enajenamiento en que la servidumbre voluntaria ha caído. Suenan las palabras de nuestro joven filósofo político:
“Decídanse a no servir más y serán libres. No les pido que lo empujen o lo sacudan; simplemente no lo sostengan más, y verán cómo un gran coloso, a quien se le ha quitado la base, cae por su propio peso y se rompe”. La vía es electoral.
Recomendar Nota
