La cantidad de suicidios en México ha aumentado exponencialmente en lo que va del siglo. En 2000 se registraron 3 mil 475; en 2025, 8 mil 709: un incremento de 150.6%. Ocho de cada 10 suicidas eran hombres. Más de la mitad de quienes se quitaron la vida en 2024 tenía entre 15 y 34 años.
Quizá no haya asunto tan enigmático y trágico como el del suicidio. Es extraño que una persona se prive a sí misma de la vida porque tal suceso ocurre contra el instinto de conservación y supervivencia, y porque todos sabemos que, de perder la vida, lo perdemos todo.
Es comprensible, sobre todo, el suicidio en enfermos terminales con dolencias insoportables o en individuos a los que un accidente o una enfermedad han dejado en un estado en el que ya no se disfruta de muchos de los placeres que ofrece la vida.
Pero también se suicidan personas jóvenes y físicamente saludables, con todas sus potencialidades vitales intactas. Esos casos causan desconcierto y una terrible desolación en quienes querían al suicida, que lamentan la pérdida del ser querido y se preguntan con culpa si podían haber hecho algo para evitar tal desenlace.
La gran mayoría de nosotros no está dispuesta a renunciar a la vida. El personaje de Las palmeras salvajes, de William Faulkner, que ha perdido a su mujer se siente culpable de esa pérdida y se plantea un dilema dramático: “Entre la pena y la nada, elijo la pena”. Sí, son pocos los que se abisman voluntariamente a la nada.
Fernando Savater narra en La peor parte la muerte de su Sara, que lo ha sumido en la tristeza, pero no quiere morir: “Estoy vivo para recordarla. Ella hizo más bello al mundo y el último guardián de esa belleza soy yo”.
Albert Camus considera que el suicidio es el problema filosófico más importante de todos porque surge de cuestionar si la vida merece ser vivida en un mundo sin propósito inherente. La respuesta no es quitarse la vida, sino rebelarse, asumir que la vida no tiene un sentido superior, pero decidir vivirla con pasión y plena conciencia a pesar de todo.
En El mito de Sísifo, Camus explora cómo el ser humano se enfrenta al absurdo: el choque entre su deseo de significado y la indiferencia del mundo. Utiliza el mito de Sísifo, condenado a empujar eternamente una piedra cuesta arriba sólo para siempre verla caer, como la metáfora del ser humano que decide vivir: se debe imaginar a Sísifo feliz, encontrando valor y dignidad en el esfuerzo mismo de su lucha cotidiana.
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