Uruapan en California. Aparte del boicot de Trump al show de Bad Bunny y del asedio de ICE, otra sombra se cernía sobre el Superbowl de este domingo, advirtió el Financial Times en su edición del fin de semana. Un reportaje del influyente diario británico enmarcó el clásico del futbol americano en el consumo, por el público, de toneladas de guacamole elaborado con aguacates michoacanos, producidos -ahí está el detalle- bajo un régimen de extorsión. Y allí reaparece Carlos Manzo, alcalde de Uruapan asesinado por combatirla.
¿A Belfast? Pero el domingo ofreció además escenas premonitorias de una evolución aún más perversa de la era de Trump: el paso de la persecución racial a la represión religiosa. A las fotos y videos de choques de ICE contra ‘sospechosos’ de migrantes en andenes del metro y en las calles se sumaron ayer imágenes de efectivos armados dispuestos a ingresar a un templo católico en busca de fuereños. Frente a ellos, a punto del forcejeo, la determinación de un ministro religioso repeliendo esa acción con voz de trueno y una estampa ataviada con ropaje y accesorios litúrgicos. El golpe visual remitió a este añoso trabajador de la información a imágenes que no deseábamos volver a ver. Como flashes acudieron a mi memoria iglesias, calles e incluso domicilios atacados en Belfast, la capital de Irlanda del Norte, en los no tan lejanos tiempos del escarnio y represión de católicos, con respuestas de acciones terroristas contra protestantes y tropas inglesas ‘de ocupación’.
¿Al Tercer Reich? En otra equiparación, el historiador de Harvard Pete Gordon va más lejos. En el número más reciente de The New York Review of Books sostiene que invocar la memoria de la persecución de los judíos para denunciar el atentado contra los migrantes no es una ofensa, sino un imperativo moral.
