Paulina López González
¿Sabías que una cucaracha puede vivir siete días sin cabeza? Eso pregunta Olivier, un tierno y ansioso adolescente, a todas las personas que se encuentra. Olivier tiene pesadillas recurrentes en las que alguien le entrega un regalo y, al abrirlo, se encuentra con un modelo del planeta Tierra que ha muerto. Ante la angustia que esto le genera, Olivier decide aferrarse a su Enciclopedia de datos inútiles para encontrar optimismo. Su contraparte en la obra El peso de las hormigas (escrita por David Paquet y traducida por Boris Schoemann), es Jeanne, una adolescente igualmente angustiada por el estado del mundo, quien tiene síndrome de Tourette que le provoca ataques de ira.
En escena hay cuatro actores. Mariana López-Dávila interpreta a una Jeanne que, ante la manipulación de la mercadotecnia capitalista y la mediocridad de su escuela, sólo puede responder con enojo. López-Dávila también nos muestra a una Jeanne vulnerable, que atesora la inocencia y el gozo que recuerda de su niñez. Por su parte, Germán Bracco interpreta a un Olivier ansioso y lleno de dudas existenciales, que en un momento le pregunta a su mamá cómo se hace para ser feliz. Jeanne y Olivier comparten sus pesadillas catastróficas y la responsabilidad, impuesta por el director de la escuela, de lanzarse como representantes del gobierno estudiantil.
Con elementos de vestuario sencillos, Mahalat Sánchez y Boris Schoemann cambian de personaje con aparente facilidad. Schoemann interpreta a un director de escuela cínico que esconde atisbos de ternura. Con una peluca de chinos, se transforma en una librera borracha, quien le entrega a Olivier la Enciclopedia de datos inútiles que tanto le servirá de refugio. Sánchez pasa, de actuar a la mamá de Olivier, a ponerse una gorra roja para convertirse en un gracioso y reconocible Mike, el adolescente popular que, sin muchas propuestas, parece aventajar la elección estudiantil al prometer pizza para todos.
La escenografía de Félix Arrollo es sencilla y efectiva. Vemos en el escenario unos casilleros, una planta, un sillón y un pizarrón que nos indica el día de la semana que es. La ambientación y el tono, logrados bajo la dirección de Angélica Rogel, el diseño sonoro de Yayo Villegas y la iluminación de Ana Luisa Gama, son pertinentes para acompañar esta historia: percibimos un ambiente a la vez onírico, distópico y mundano.
La puesta pierde complejidad en los momentos en que deja de mostrarnos una historia, y empieza a decirnos cómo debemos sentirnos frente a los problemas del mundo. En un par de escenas, los actores rompen la cuarta pared y expresan el enojo causado por ellos directamente a la audiencia. No me queda claro si el público funge sólo como la audiencia de estudiantes adolescentes a quienes Jeanne y Olivier dirigen sus discursos o si la intención es interpelarnos en tanto público teatral. La confusión es evidente cuando los personajes nos dicen que saquemos nuestros celulares. “Sí, saquen sus celulares”, insisten. Varios espectadores nos volteamos a ver confundidos. Una persona sacó su celular y se volteó a verificar si haríamos lo mismo. Después guardó el celular, y el asunto resultó irrelevante para la escena.
En sus mejores momentos, la obra logra el delicado balance de mostrar destellos de luz en medio de la penumbra sin caer en lugares comunes o cursilería. La obra empieza en un mundo de blancos y negros, con dos jóvenes buscando entender quién es bueno o malo, y cómo pueden ellos arreglar el mundo. A lo largo de la historia, ayudados de personajes adultos que, desde la compasión, les muestran que el mundo es más complejo y ellos tienen menos control de lo que creen, Jeanne y Olivier van poco a poco encontrando los grises.
Asistí a la obra con mi club de espectadores de teatro, y agradecí particularmente su compañía para ver esta historia. Al salir desahogamos nuestras propias inquietudes sobre el mundo y las formas que hemos encontrado de sobrellevarlas. Recordamos nuestra adolescencia y nuestros procesos para tratar de encontrar sentido a la vida y a nosotros en ella. También reconocimos que quizás ese péndulo que va de la desesperanza y el enojo, a la conexión con otras personas y la esperanza que encontramos en esas pequeñas presencias, es uno del que quizás nunca nos terminamos de bajar.
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El peso de las hormigas retomará su temporada del 8 al 29 de agosto en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón, del Centro Cultural Universitario (Av. Insurgentes Sur 3000, Metrobús L1: Centro Cultural Universitario). Se presentará jueves y viernes a las 20 h, sábados a las 19 h y domingos a las 18 h.
*Paulina López. Amante del teatro con más de diez años de experiencia como espectadora. Creadora del club de espectadores “Teatreres en la butaca”.
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