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TEATRO: "Ovillo": bordar la ausencia

Paulina López González

Recuerdo acompañar a mi mamá algunos domingos, hace ya más de una década, a su grupo 'Bordando por la paz'. En una plaza del centro histórico de Puebla, se juntaba cada fin de semana ese círculo de bordado para registrar puntada a puntada los nombres y las circunstancias de personas desaparecidas o asesinadas en México. Ahí descubrí que el bordado puede ser un vehículo para la memoria colectiva. Pensé en mi mamá cuando vi la primera escena de Ovillo, cuya dramaturga, Sonia Gregorio, dijo en una entrevista: “Creo que el bordado tiene que ver [...] con [...] cómo lo mínimo puede crear una potencia”.  

Ovillo nos presenta las “hormigas bordadoras” de San Francisco Tanivet, Oaxaca: una colectiva de mujeres que se reúne a bordar mientras espera a sus familiares migrantes que cruzaron la frontera. Con el bordado se acompañan, se expresan y documentan su vida, sus anhelos, sus posturas políticas, sus tradiciones. La obra cuenta una historia de la migración desde la ausencia. Las personajes centrales no son quienes se van, sino las que se quedan. 

Las mujeres en Ovillo, de diferentes generaciones, viven la espera a su manera. Carmen (a cargo de Mayra Sérbulo) vive angustiada porque hace muchos años no recibe una llamada de su hijo José. Anhela escuchar su nombre en la bocina del pueblo, diciéndole que tiene una llamada y que pase a la cabina a recibirla. Martina (interpretada por Xóchitl Franco), hija menor de Carmen, vuela papalotes todos los días, convencida por su abuela de que así hará que regrese su hermano, quien disfrutaba mucho de esa actividad. A Martina le frustra ver a su mamá siempre a la espera y hay muchas cosas que aún no entiende: ¿Qué hay ‘del otro lado’? ¿Por qué a la gente no le gusta 'este lado'? Las cosas a sus ojos parecen más sencillas: si todas las personas sufren cuando alguien se va, mejor que todos se queden.

Meche (actuada por Liliana Alberto), por su parte, es una adulta aún joven, quien por muchos años esperó obedientemente a que volviera su marido, su primer amor. Ha pasado ya mucho tiempo, su esposo anda con alguien más del otro lado y Meche interactúa con él sólo por el bien de Rosa, su hija adolescente (a cargo de Sonia Gregorio). Rosa cumplirá 15 años y su papá, con quien habla a regañadientes porque es un desconocido para ella, le ofrece pagarle la fiesta con la que tanto había soñado. 

Estas cuatro mujeres dependen económicamente de sus familiares ausentes pero las relaciones afectivas que algún día las unieron a ellos se sienten cada vez más endebles. ¿Le debe algo Meche a su marido, quien envió dinero para construir su casa pero es claro que nunca volverá? ¿Qué significa tener un hermano que no conoces, cuya ausencia reverbera por toda tu casa? ¿Después de cuántos años sin noticias sigues esperando esa llamada telefónica? ¿Cómo se sostienen las relaciones familiares cuando las transferencias de dinero siguen llegando pero la conexión emocional se desmorona?

La dirección de Mariana Gándara, junto con el texto de Gregorio, pone al centro de esta puesta las vidas de Carmen, Meche, Martina y Rosa. También logra hacer presentes en el escenario, casi palpables, a los fantasmas de sus vidas: los esposos, hijos, novios, y hermanos que se fueron. Como público, nos sentamos alrededor de estas mujeres bordadoras a escuchar sus historias y acompañarlas a esperar. Hacia el final de la puesta, la fiesta de 15 años de Rosa, musicalizada en vivo por la Banda Mixanteña de Santa Cecilia, aleja por unos momentos a los fantasmas para darles a estas mujeres un momento de gozo y celebración, que comparten generosamente con les espectadores. 

En este pueblo oaxaqueño abundan los fantasmas. Al mismo tiempo, las vidas de las mujeres que esperan no pueden ponerse en pausa. Meche nos dice sin rodeos: “Las mujeres que esperan también desean. Las mujeres que esperan también sueñan”. En esta historia y en San Francisco Tanivet, las mujeres que esperan se acompañan y comparten sus vidas mientras se sientan juntas a bordar.

*Paulina López González. Amante del teatro con más de diez años de experiencia como espectadora. Creadora del club de espectadores “Teatreres en la butaca”.

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