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TEATRO: "Pedro y Julián" de Conchi León

Zavel Castro 

¿Quiénes son los niños perdidos? Según la obra teatral Peter Pan, son aquéllos que han caído de sus cochecitos mientras su niñera miraba hacia otro lado. Si nadie los recoge en siete días, son enviados al País de Nunca Jamás, una isla de ensueño que quizá sólo existe en la imaginación de quienes han sido abandonados. Para ahuyentar el miedo a ser olvidados por unos padres que ellos mismos apenas recuerdan, sus pequeños habitantes pasan los días jugando e inventando aventuras extraordinarias, ajenos a las reglas y las responsabilidades del mundo real. Allí no hay adultos a quienes obedecer, pero tampoco madres que los cuiden o les cuenten historias antes de dormir. 

El dramaturgo escocés J. M. Barrie creó este lugar como un refugio simbólico para las madres que perdieron a sus hijos y para aquellos niños que, por alguna razón, nunca conocieron a sus padres. Por desgracia, la negligencia continúa siendo una de las principales causas de abandono y muerte infantil. En México, los niños perdidos adquieren un significado doloroso pues son, ante todo, víctimas de maltrato. 

El abuso, lo sabemos, adopta diversas formas e incluso puede pasar desapercibido cuando ocurre en el seno familiar. Bajo el amparo del respeto a las formas de crianza, la sociedad suele tolerar acciones que atentan contra el bienestar de los menores, como exponerlos a discusiones subidas de tono, gritos, insultos o golpes entre adultos, así como al descuido de su alimentación, educación y atención médica. Las consecuencias de estas conductas pueden prolongarse durante años, afectando su desarrollo cerebral, psicológico y social. 

En muchos casos, la posibilidad de rescatar a un niño de un entorno hostil depende de que una presencia externa reconozca las señales de abuso y decida intervenir. Eso es precisamente lo que ocurre en Pedro y Julián, obra testimonial escrita y dirigida por Conchi León, que retrata la amargura de las secuelas del maltrato infantil y la dulzura que se necesita para empezar a sanarlas. 

La historia transcurre en el seno de una familia yucateca, una entidad que ha sido promovida como una de las más seguras del país. Sin embargo, detrás de las imágenes paradisíacas y de los discursos que exaltan la continuidad entre la sociedad contemporánea y las costumbres y ritos del pasado prehispánico, se esconde una realidad menos idílica. Al interior de los hogares, la violencia familiar y negligencia hacia los menores van en aumento, sobre todo en comunidades mayas donde ciertas  violencias se encuentran arraigadas de manera profunda y, por ello, pocas veces se llegan a denunciar formalmente, de acuerdo con la Red por los Derechos de la Infancia en México. 

La trama comienza cuando una mujer, dramaturga, directora y actriz, recibe la llamada de un programa de asistencia social para recoger a dos niños que han sido abandonados por sus padres en su propia casa. Ella los lleva con su madre, abuela de los menores, y ambas se esfuerzan por cuidarlos, educarlos e integrarlos a una dinámica familiar amorosa. Las circunstancias que los condujeron hasta ese nuevo hogar se atenúan mediante la comicidad de las situaciones cotidianas. 

A su llegada, Pedro y Julián se comportan como lo haría cualquier niño perdido. Son desobedientes y desbordados, desconocen las reglas y los modales, viven ajenos a los horarios de sueño y comida, miran con extrañeza los cubiertos, la tarea y la ropa limpia. Apenas y comienzan a familiarizarse con las historias que les cuentan antes de dormir. Son tiernos y salvajes. Hablan poco y de manera extraña. Aún no saben nombrar sus emociones, aunque reconocen que hay algo dentro de ellos que les duele. 

Poco a poco, gracias al cariño y la paciencia de su tía, su abuela y las amistades que el teatro les ha dejado, los niños, representados por dos simpáticos títeres, descubren que el amor también adopta distintas formas y que existen muchas maneras de construir una familia. El público celebra el desenlace de la obra mientras reconoce que todavía queda mucho por hacer para prevenir el maltrato infantil. A través de una historia conmovedora, León nos recuerda una de las responsabilidades más urgentes que tenemos como sociedad: evitar que los niños vivan en islas de abandono.

*Zavel Castro. Historiadora, crítica y curadora de artes escénicas. Fundadora de la plataforma de crítica Aplaudir de Pie. Miembro de la mesa directiva de la Red Latinoamericana para el Desarrollo de Públicos. Imparte talleres independientes de crítica teatral desde un enfoque en el que dialogan diversas perspectivas y disciplinas, proponiendo una práctica alternativa a los modelos tradicionales del periodismo cultural.
@ZavelCastro

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