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¿Tiene México remedio?

A principios de los años 90, tiempos de apertura y modernización económica, le preguntaron a Henry Kissinger dónde podría estar México en tres o cuatro décadas. Su respuesta fue concreta: si todo va bien, será un país desarrollado. Las cosas no salieron exactamente así y para no repetir la conseja del legendario trío Los Panchos -“no quiero arrepentirme después/de lo pudo haber sido y no fue”-, el país debe preguntarse hoy dónde quiere verse -digamos en 2050- para lo cual falta poco.

En muchos sentidos, buena parte de México es mejor que el de la generación de mis padres, la de los años 40.

Por ejemplo, pese a su desordenada expansión territorial es ya un país urbano, y siete de cada 10 habitantes viven en ciudades; la cobertura educativa (no hablemos de calidad) en primaria y secundaria es casi total en el rango etario correspondiente; gracias al neoliberal TLCAN impulsado por Salinas y renovado con Peña Nieto, en 2025 se exportaron 664 mil millones de dólares mientras que en 1993 fueron 53 mil mdd; dependiendo del sector, produce bienes con mayor valor agregado cada vez; algunas de las empresas más importantes del mundo (FEMSA, Bimbo, Cemex, Cinépolis, etc.) son mexicanas, y 10 o 12 estados son razonablemente exitosos.

Por contra, en muchos rankings globales aparece en los peores lugares.

En corrupción, 140 sobre 180 países; de las 50 ciudades más violentas del mundo, 20 son mexicanas; en el Índice de Estado de Derecho, sitio 121 entre 143; en Crimen Organizado Global, 3º de 193 países incluidos; en el World Competitiveness Ranking del IMD clasifica en el 55 sobre 69; en la prueba PISA los estudiantes mexicanos no alcanzan el nivel mínimo de competencia en matemáticas, lectura o ciencias; la productividad total de los factores ha sido negativa (-0.51%) desde 1991, y el Chandler Index, que evalúa a los países mejor gobernados, pone a México en el renglón 70 sobre 120. Y todos estos pasivos no se resuelven ni con encuestas ni yendo a bailar a Davos.

Como es evidente, México está atrofiado no sólo en la trampa del “ingreso medio”, de la cual se sale con crecimiento, inversión, innovación, productividad e ingresos sostenidos, entre otras cosas, sino en otra peor: la trampa de la mediocridad, de la cual se sale con gobiernos excelentes; instituciones, leyes y burocracias imparciales y competentes; educación de muy alta calidad y, sobre todo, con la convicción cívica de que ha llegado la hora de cambiar, como bien insinuó (y enfureció a los morenarcos) The Economist.

En otras palabras ¿tiene México remedio? Sí, pero no para todos porque en un contexto nacional tan heterogéneo México es ya, más bien, muchos Méxicos. Cada región, estado, sector y comunidad tiene una dinámica propia, diferente y contrastante respecto de otros en términos económicos, sociales, educativos, culturales y de salud, y, tras el desastre de los gobiernos de Morena, la herencia será letal. Unos estados saldrán adelante y otros cruzarán la frontera de estados fallidos.

Según Goldman Sachs, la firma global de inversión, en 2075 México será la décima economía del mundo. Tal vez. Pero en las noches se nos aparece el fantasma de Keynes y, como en 1923, repite: “En el largo plazo todos estaremos muertos”.