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Turismo en tiempo de violencia

Aurora velada:

El domingo 22 de febrero dejó una herida abierta en Jalisco. No fue un hecho aislado en la agenda noticiosa: fue una jornada que interrumpió caminos, planes, traslados y sueños. Una jornada que impactó también al turismo y, con ello, a la imagen que México proyecta al mundo.

Cuando la violencia toma las carreteras, no sólo se detienen los vehículos. Se detiene la movilidad de un país entero. Se detienen familias que viajaban por descanso. Personas que debían llegar a un destino y no lo lograron, pacientes que necesitaban trasladarse por motivos de salud, trabajadores del sector turístico que dependen del flujo constante de visitantes. Ese día nos golpeó a todos de una u otra manera

El turismo no es una industria abstracta, es un tejido con pulso, que conecta aeropuertos, hoteles, restaurantes, guías, artesanos, transportistas y comunidades completas. Cada jornada de violencia erosiona algo más profundo que la estadística: erosiona la seguridad y la confianza.

Yo me encontraba en Puerto Vallarta con la intención de documentar el amanecer del lunes 23; desde la bahía, el horizonte suele ser un espectáculo de luz, promesa y renacimiento. Pero esa mañana la aurora se vio velada. El humo de la quemazón en los alrededores nublaba la salida del Sol, la visibilidad era casi nula, el ánimo y el silencio también.

Video de Puerto Vallarta 7:05 a 7:35am pleno amanecer del lunes 23 de febrero

La imagen fue poderosa: un destino turístico de clase mundial cubierto por una bruma que no pertenecía al clima, sino a la violencia.

Esa es la metáfora que no podemos ignorar.

México compite globalmente por atraer visitantes que buscan experiencias auténticas, cultura, naturaleza y hospitalidad. Pero también compite en percepción y en un mundo hiperconectado, las imágenes viajan más rápido que cualquier campaña de promoción. Cuando el humo cubre una bahía, también cubre titulares internacionales.

Sin embargo —y aquí es donde debemos ser claros— México no es la violencia. México es infinitamente más que sus jornadas conflictivas.

México es la fuerza telúrica de sus volcanes como el Popocatépetl, el Pico de Orizaba o el Paricutín, que recuerdan la potencia viva de nuestra tierra.
Es la inmensidad turquesa del Mar Caribe bañando las costas de Quintana Roo.
Es la majestuosidad cultural de ciudades como Oaxaca, donde cada calle es identidad.
Es la tradición profunda de San Miguel de Allende, admirada por viajeros de todo el mundo.
Es la cocina declarada Patrimonio Cultural Inmaterial por la UNESCO, una gastronomía que no sólo se come, se festeja.

México es mariachi, es mezcal, es mercados llenos de color, aromas y sabor, es selva, es bosques, es desierto, es zonas arqueológicas de las más importantes del mundo, es sierra y es mar. Cada región tiene un carácter propio, definido, orgulloso. Y eso es algo que los extranjeros valoran profundamente: nuestra autenticidad.

Somos un país que ha sabido levantarse una y otra vez. Nuestra historia está marcada por resiliencia. Hemos enfrentado terremotos, crisis económicas, pandemias y adversidades de todo tipo. Y siempre hay algo que nos distingue: la capacidad de reconstruirnos sin perder la alegría.

La aurora de aquel lunes estuvo velada.
Pero el Sol, aun detrás del humo, parecía hacer su mejor esfuerzo por brillar
.

Esa es la lección.

Nada puede opacar permanentemente a un país cuya riqueza natural, cultural y humana es tan vasta. Nada puede borrar la calidez de su gente ni la diversidad de sus paisajes. Nada puede sustituir la experiencia de caminar por sus pueblos mágicos, de contemplar sus volcanes al amanecer, de sumergirse en playas o de sentarse a la mesa con una familia mexicana.

La violencia hiere. Impacta. Nos sacude.
Pero no nos define.

En Destinos y Auroras siempre narraremos la verdad, incluso cuando duele. Y también extenderemos la reflexión a nuestros lectores de que: somos más fuertes que los eventos que están fuera de las manos de los mexicanos... que sí creemos en nuestro hermoso país.

Los amaneceres pueden velarse por momentos.
Pero México —con su luz propia— siempre volverá a amanecer.

¡Nos vemos en el próximo destino!