Las imágenes circulan en minutos. El calzado del presidente de la Corte es lustrado por una mujer y un hombre en las calles de Querétaro. Son dos jóvenes empleados del jerarca; ella lo hace de rodillas y él se afana en dejar brillantes los cacles.
Obrador y su secta llegaron al poder gracias a una narrativa que desprecia lujos y frivolidades. Se desarrolló y colocó en el imaginario popular la idea de que la solución a los problemas era sencilla y dependía del sentido común, y no de los principios de la ciencia.
La propuesta de Obrador, llevada al campo de la medicina, costó miles de vidas en la emergencia del Covid. En materia de infraestructura, las consecuencias son evidentes al observar lo que sucede con el Tren Maya o el Interoceánico. No fue todo; la ligereza se convirtió en política pública y se introdujo en la administración de justicia.
Para desmantelar al Poder Judicial, los operadores del régimen recurrieron a su exitosa estrategia: el uso de las falacias. Con engaños posicionaron en la sociedad que jueces y magistrados eran corruptos, gastalones y frívolos. Nunca dijeron que las condiciones de justicia se materializan en la sociedad cuando convergen distintos factores, entre otros, educación, instituciones fuertes, seguridad y procuración de justicia. Los jueces son sólo un pequeño eslabón de la cadena.
Se argumentó que la justicia sólo se logra si la sociedad selecciona en comicios a los juzgadores y si cobran poco por su trabajo. Hoy somos el hazmerreír y la comidilla de la academia internacional. Esto sin contar que hay un evidente daño en la confianza de los inversores sobre el Estado de derecho, lo que ha disminuido la productividad y la calidad de las sentencias de la Corte.
El diseño constitucional para la elección de juzgadores es tan deficiente que el órgano electoral tuvo que realizar una serie de piruetas interpretativas para poder hacer los comicios. El régimen se apoderó del Poder Judicial y hay confesión expresa de ello. Uno de los jerarcas del Partido del Trabajo lo reconoció hace pocos días en una conferencia de prensa. Fue tan burda la operación que usaron lo que se denominó “acordeones” para influir en el resultado de las elecciones.
Para hacer perfecta la farsa, se propusieron generar la sensación de austeridad y cercanía al pueblo. Los argumentistas de la opereta diseñaron un final feliz: la presidencia de la Corte la ocuparía un integrante de los pueblos originarios. No dudaron en usar la legitimidad de las comunidades indígenas para tratar de lograr su cometido. El problema es que el seleccionado resultó un aspiracionista, quien lo primero que hizo fue comprarse una camioneta y unos zapatos "machuchones", agarró vacaciones y, cuando los cacles se le ensuciaron, se dejó acicalar por una colaboradora que se arrodilló para limpiarlos.
La imagen es la síntesis de la farsa.
