Hay un momento, y nadie te dice cuándo llega, en que el ruido deja de ser ambiente y se convierte en agresión. No es gradual ni dramático. Un día simplemente estás en un restaurante, la música está a un volumen que nadie pidió, la mesa de al lado lleva cuarenta minutos riendo de algo que claramente no es tan chistoso, y tú te das cuenta de que no puedes pensar. No puedes sostener una conversación. No puedes ni leer el menú con calma. Y en lugar de adaptarte, como hacías antes, lo que sientes es una irritación limpia, puntual, casi quirúrgica. El ruido te está fallando. Y tú ya no tienes edad para fingir que no.
Antes el ruido era señal de que algo bueno pasaba. Bar lleno: buena noche. Música fuerte: ambiente. Gente hablando encima de gente: vida social. Ahora el bar lleno significa que vas a esperar cuarenta minutos parado, que vas a gritar toda la noche para comunicarte y que vas a llegar a tu casa con dolor de cabeza y la garganta rasposa, habiendo gastado suficiente dinero como para haber comido bien tres días. El ruido dejó de ser promesa y se volvió costo.
Y no es solo el ruido de los lugares. Es todo. Es el ruido del celular, que ya no descansa. El grupo de WhatsApp de la familia que a las siete de la mañana ya tiene cuarenta y dos mensajes, ninguno urgente, todos inevitables. La notificación del trabajo que llega un domingo, como si el domingo fuera un concepto negociable. El timeline que ya no informa: solo agita. Cada vez que abres redes sociales a los 40, no te enteras de nada útil; te enteras de que el mundo está en llamas, de que alguien está muy enojado con alguien más por algo que pasó hace tres días, y de que hay una discusión activa sobre un tema que en dos semanas nadie va a recordar. Todo a volumen máximo. Todo al mismo tiempo. Todo reclamando ser urgente.
Y el cuerpo lo siente. Eso es lo que no te explican: que el ruido a cierta edad ya no se queda afuera. Se mete. Se instala en los hombros. En la mandíbula apretada sin que te hayas dado cuenta. En ese cansancio particular que no se va con dormir porque no es cansancio físico: es saturación. El sistema ya procesó demasiado. Y lo que antes era estimulante -la ciudad, el movimiento, el estar en medio de todo- ahora simplemente pesa.
Entonces uno empieza a hacer cosas que antes le parecían síntomas de algo preocupante. Busca el restaurante con música baja. Elige la mesa del fondo. Sale a caminar sin audífonos, solo para oír otra cosa. Apaga las notificaciones y no lo anuncia en ningún lado porque sabe que si lo anuncia va a sonar a performance de bienestar, y uno ya tiene suficiente ruido sin agregarle el de su propia marca personal. Uno quiere silencio sin tener que explicar por qué quiere silencio.
Y no es que te hayas vuelto ermitaño. No es depresión ni desconexión ni ninguna de esas palabras que la gente usa cuando no entiende que a veces el mundo simplemente es demasiado. Es que a los cuarenta uno ya tiene un presupuesto de tolerancia y aprendió, a fuerza, a gastarlo bien. Y el ruido innecesario ya no entra en el presupuesto. Ya no cabe. Ni el del bar ni el del grupo ni el de la persona que siempre tiene una opinión sobre todo, urgente, inapelable, en el peor momento posible.
El silencio, descubres tarde, no es ausencia. Es lo que queda cuando dejas de fingir que todo merece tu atención. Y a los 40 eso ya no es síntoma de nada: es criterio.
