Lo más grave es el Plan General de Desarrollo, pero antes, permítame:
El gobierno de la Ciudad es incapaz con el orden vial.
Motocicletas de reparto driblan coches en el Periférico, en avenidas, calles y hasta a personas en banquetas.
Autobuses se pasan los altos cuando quieren y no hay quién ponga orden. Hacen paradas donde les da la gana.
Cruzar calles es un ejercicio de alto riesgo.
La violencia y criminalidad nos ubican en la época previa al procurador Miguel Ángel Mancera.
En Iztapalapa la percepción de inseguridad en 2025 fue de 73 por ciento. De 2024 a 2025 subió 14.5 puntos. En Cuajimalpa subió 14.3 puntos. En Tlalpan, 13.2.
Aún no sabemos quién mató a Ximena Guzmán y José Muñoz, secretaria particular y coordinador de asesores de Clara Brugada.
Las calles empedradas de zonas históricas como San Ángel, San Ángel Inn y Tlacopac ya no tienen hoyos, sino socavones.
Quienes compraron vehículos nuevos este año no pueden hacer uso de ellos porque no hay láminas para placas.
La contaminación es alta y la calidad del aire, pésima.
Cuando estuvo así, al inicio de los años 90, el presidente Salinas ordenó cerrar la refinería de Azcapotzalco. Convertidores catalíticos y mejora en la calidad de las gasolinas.
Ahora no hay nada. Nada.
Sigue abierta la refinería de Tula, que envenena el aire de la Ciudad de México.
Por ahora tenemos agua porque afortunadamente llovió mucho. ¿Y en una temporada de sequía? No han reparado las tuberías de la capital, por donde se fuga 40 por ciento del agua potable. No se perforan pozos profundos.
Y encima, el Plan General de Desarrollo de la Ciudad de México, que va de la mano con el intento de reforma electoral federal: concentración de poder en manos de los ineptos.
El PGD va a crear, en cada alcaldía, una Casa de Gobierno, es decir una alcaldía paralela que dependerá del gobierno de la Ciudad de México.
Las Casa de Gobierno podrán hacer consultas, a mano alzada, para cambiar el uso de suelo, entre otras facultades que ahora son de autoridades electas.
No importa si hay agua suficiente, transporte público o nuevas vialidades.
Se hará lo que mande el gobierno central, en beneficio de sus clientelas electorales, o de dueños de restaurantes, antros, centros comerciales o desarrolladores inmobiliarios que cooperen al “movimiento”.
Vale la pena oír la entrevista que Carmen Aristegui hizo a las dirigentes ciudadanas Josefina Mc Gregor, Laura Álvarez y Elba Correa, quienes explicaron que con el PGD se le quitan facultades a las Comisiones de Participación Comunitaria y se traspasan a las Casas de Gobierno.
Menos sociedad, más burocracia morenista.
Todo el poder concentrado en manos de funcionarios ideologizados hasta la médula y de probada incapacidad para gobernar.
Con el PGD se abre el camino para regresar a la época del presidente Obregón, en que desaparecieron los municipios da la capital del país.
Todas las revoluciones -comentaba un respetado maestro- tienden a la centralización para consolidar el poder en manos de los vencedores.
Claudia Sheinbaum y Clara Brugada, a diferencia de los oportunistas sin escrúpulos que saben el daño que hacen desde el gobierno federal, estatales y el poder Legislativo, deveras creen que están haciendo una revolución.
Lo que hacen, sin embargo, es una involución con resultados catastróficos para el presente, en el mediano y en el largo plazo.
