La Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado, que produce el INEGI, muestra que el valor del trabajo doméstico no remunerado (alimentación, limpieza y mantenimiento de la vivienda, limpieza y cuidados de la ropa y calzado, compras y administración del hogar, cuidados y apoyo, ayuda a otros hogares y trabajo voluntario), si se contara en el PIB, haría que éste fuese casi una cuarta parte más grande.
Esta enorme aportación al bienestar colectivo, integrada en tres cuartas partes por trabajo de mujeres, se hace a costa del tiempo para sí mismas, sea para descanso, esparcimiento u otra actividad de su preferencia. Hablamos de la “pobreza de tiempo”, asociada con altos niveles de estrés, fatiga crónica, deterioro de la salud física y mental, y menores oportunidades de desarrollo personal o profesional.
Más allá de lo que se mide en dinero, cifras de la ENUT del INEGI nos muestran que las personas en condiciones de pobreza de tiempo reportan en general menores niveles de satisfacción con la vida. Las mujeres reportan sistemáticamente mucho mayor estrés y ansiedad que los hombres, tal como se desprende de la ENBIARE del INEGI. En esa misma encuesta se hace evidente que las mujeres reportan menor nivel de satisfacción con la vida que los hombres y que, en general, ellas experimentan más emociones negativas (mal humor, preocupación, cansancio, aburrimiento y tristeza) y menos emociones positivas (buen humor, tranquilidad, vitalidad, concentración y alegría) que ellos.
La pobreza de tiempo subyace a que el porcentaje de mujeres con alta satisfacción con la vida sea mayor para aquellas que están fuera de la fuerza de trabajo de mercado que para las que están dentro. Así, el trabajo doméstico se vuelve una barrera para su libre participación en el mercado de trabajo, lo que ayuda a entender por qué apenas 46% de ellas participa, mientras que 75% de los hombres lo hace. Es muy probable que por esta misma razón las mujeres prefieran vivir en hogares más pequeños que los hombres.
Las actividades domésticas de cuidados (a infantes, adultos mayores, discapacitados y enfermos), recaen desproporcionadamente en mujeres y con frecuencia les implica una elevada carga mental. Una reciente encuesta de la Universidad Iberoamericana, muestra que las mujeres que realizan trabajos de cuidados reportan algún nivel de agotamiento emocional en 62% de los casos; interfiere con su tiempo de ocio para 63%; supone presencia de insomnio en 56%; cambio de plan de vida en 70%; rechazo de oportunidades en 73%; dificultad para relajarse en 70%; malestar emocional en 71%, e impacto en su bienestar emocional y salud mental en 48% de los casos. Cabe señalar que la minoría de hombres que hace actividades de cuidados también muestra signos de carga mental, pero de menor intensidad que las mujeres. Evidentemente estamos ante una brecha de bienestar que va mucho más allá de lo económico y que demanda acciones de política pública urgentes. No podemos permitir que quienes integran más de 50% de nuestra población continúen enfrentando condiciones de adversidad perfectamente superables.
