Nadie le ha pedido que se vaya, sino que es ella, la presidenta Sheinbaum, quien dictó una reforma constitucional para que le revoquen el mandato.
Si ya se cansó y tiene hagas de irse, que se vaya.
O si quiere saber cuánto la quiere el pueblo, que vea las encuestas que manda a hacer.
Pero la revocación de mandato es una facultad constitucional de la ciudadanía para deponer a un gobernante, y no un instrumento del Ejecutivo para autoexpulsarse de Palacio Nacional.
Lo que quiere Sheinbaum es estar en la boleta de las elecciones intermedias para hacer campaña y apoyar a su desprestigiado partido.
Todo indica que el Legislativo aprobará la reforma que le permitirá a Sheinbaum estar en la boleta y hacer campaña, y que la Suprema Corte dará su aval a esa aberración.
Bien, si quiere competir, que al menos sea en igualdad de condiciones.
Debe pedir licencia para hacer campaña.
Si se la va a jugar, juéguesela en buena lid y no con la banda presidencial al pecho.
Sheinbaum no se va a atrever, porque sólo gana con los dados cargados.
En la elección interna de Morena ella pudo ganar con una campaña en la que hubo un derroche de recursos públicos “nunca antes visto” para hacerla candidata presidencial de Morena, como bien dijo el contendiente que fue relegado al segundo lugar.
De manera deshonesta la presidenta dijo ayer que en su campaña para evitar que la quiten del cargo “no se trata de usar tiempos oficiales, sino sencillamente que puedas hablar”.
Y preguntó, exigiendo su derecho: “¿Cómo es que estás sujeto a revocación de mandato y no puedes hablar?”.
Es ella la que pide ser sometida a revocación.
Si va a hacer campaña porque no quiere que la quiten del puesto, ¿para qué convoca a que la despidan?
Estamos ante una reprobable pantomima.
No se atreverá a pedir licencia y hacer campaña sin el poder del Estado en su mano.
Sabe que sus encuestas no son fiables.
Sabe que sin el cobijo del aparato del Estado no le gana a nadie.
