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Rupturas convenencieras

La imagen de continuidad entre Claudia Sheinbaum y Andrés Manuel López Obrador empieza a desmoronarse. No porque haya cambiado el proyecto de poder —ese sigue intacto—, sino porque en tres decisiones clave se advierte una mutación interesada: abandonar ciertas cegueras ideológicas y necedades mesiánicas que hoy le restan margen de maniobra al incipiente claudismo. No son simples gestos de autonomía ni una enmienda de fondo al obradorismo. Es, más bien, la reconfiguración del régimen hacia un modelo de capitalismo autoritario. Neoliberalismo bajo seudónimo de transformación.

Primero, la seguridad. El viraje nace de una imposición externa asumida a regañadientes: la competencia geopolítica por el dominio posglobalización. La presión de Estados Unidos —en un entorno endurecido por la agenda de Donald Trump— y la priorización del crimen organizado como amenaza transnacional obligaron a México a abandonar, en los hechos, el narcopacto de los “abrazos, no balazos”. El Estado regresa, aunque sea parcialmente, al uso de la fuerza porque ya no tiene alternativa. El territorio está disputado y los grupos criminales operan como poderes paralelos que disputan la soberanía interior. Aquí no hay giro ideológico, hay adaptación forzada. Pero el riesgo es evidente: sin controles institucionales, la fuerza se convierte en escopetazos.

Segundo, la relación con Estados Unidos. El margen para la retórica soberanista se agotó. Frente a la presión de un entorno más hostil, México ajusta su conducta: cooperación en seguridad, contención migratoria y señales de certidumbre económica. Es adaptación, no convicción. La asimetría se impone. Y cuando la asimetría manda, la soberanía es retórica mañanera.

Tercero, la política energética. Aquí la ruptura es plástica. La apertura a la inversión privada y el uso del fracking desmontan uno de los dogmas centrales del obradorismo. Durante años se construyó una narrativa de autosuficiencia basada en el monopolio estatal. Hoy esa narrativa choca con la falta de recursos, la caída productiva y la urgencia de crecer. La conclusión es simple: sin capital y sin tecnología, no hay sector energético viable. Se los dijimos hace décadas.

Las tres rupturas comparten un hilo conductor: pragmatismo obligado. No hay una nueva visión de desarrollo, hay una respuesta a la presión externa y al estancamiento interno. México no crece lo suficiente y enfrenta un entorno internacional más hostil. En ese contexto, el régimen se flexibiliza, pero solo lo indispensable para sostenerse.

Porque en lo político no hay corrección. En eso todo es continuidad, por más señales en reuniones entre banqueros. Se mantiene la concentración del poder, el debilitamiento de los contrapesos y la erosión de las reglas democráticas. La lógica es clara: abrir la economía en lo necesario, cerrar el sistema político en lo fundamental. Eso no es moderación ni tecnocracia social. Es gatopardismo.

Algunos insisten en ver a Claudia Sheinbaum como una científica que se desmarca gradualmente y con cuidado de su antecesor. Esa es una lectura muy ingenua. El pragmatismo que se asoma es estado de necesidad. Y convive con un proyecto que no ha cambiado: concentrar poder y reducir la democracia republicana a su mínima expresión.

Lo que emerge es la peligrosa evolución del régimen con libreto de “engañabobos”. Para conservar el control político, el régimen necesita al capital privado para crecer y administrar la relación con Estados Unidos. Un capitalismo sin contrapesos. Un autoritarismo con mercado. Un país ideológicamente alineado pero funcional. Esa es la ecuación que empieza a tomar forma. Y a la que algunos ponen santitos como si fuera su salvación.

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