El talante disruptivo del presidente estadounidense, Donald Trump, vuelve a poner al mundo de cabeza; esta vez, sobre un tema que parecía si no sepultado, al menos olvidado: la antigua disputa que Argentina y el Reino Unido sostienen por la posesión del archipiélago de las islas Malvinas, Sándwich y Georgias en el Atlántico Sur. Querella por la que ambas naciones libraron una improbable y estrambótica guerra en 1982, que muchos vieron como una reedición extemporánea de la diplomacia de las cañoneras del siglo XIX.
En aquel entonces, la dictadura militar del general Leopoldo Galtieri, que se hundía por su incompetente gestión de la maltrecha economía argentina y por sus incontables y repugnantes crímenes contra la humanidad, creyó fácil distraer la atención interna hacia esos horrores por medio de una aventura militar nacionalista. No contaba con que una igualmente atribulada Margaret Thatcher, a quien las encuestas auguraban una apabullante derrota en las elecciones que se avecinaban, aprovechó la ocasión para enviar -contra todo pronóstico- una poderosa armada que derrotó a los argentinos, restaurando su popularidad maltrecha y consiguiendo su reelección.
Thatcher contó con el apoyo del gobierno de Ronald Reagan, quien dio la espalda no sólo a la Doctrina Monroe, sino al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) de 1948 -anterior incluso al que dio origen a la OTAN- también, dando prioridad a la “relación especial” angloamericana en detrimento de la unidad hemisférica.
La filtración por parte de la agencia de noticias Reuters de un memorándum interno del Pentágono enviado por correo electrónico, en el que se expresa la voluntad de Trump por ejercer represalias contra los antiguos aliados europeos por la renuencia de varios de ellos a apoyar su guerra unilateral contra la teocracia iraní y de brindarle apoyo logístico y militar para reabrir el estrecho de Ormuz.
Se dice que el documento baraja opciones para que Estados Unidos castigue a aliados de la OTAN como España y Reino Unido, a los que considera no han apoyado de modo suficiente las operaciones militares estadounidenses en Irán. También sugirió que Estados Unidos reconsiderara su apoyo a las "posesiones imperiales" europeas, incluidas las Islas Malvinas, y que planteara la posibilidad de suspender la pertenencia de España a la OTAN.
Su divulgación provocó respuestas inmediatas tanto en Buenos Aires como en Londres. La oficina del primer ministro británico, Keir Starmer, se apresuró a declarar que la soberanía de las islas Falklands -como los británicos las llaman- recae en Reino Unido, dominio que ejerce de manera ininterrumpida desde 1833. Por su parte, el mandatario argentino, Javier Milei, refrendó la postura histórica de su país de que "las Malvinas fueron, son y siempre serán argentinas", indicando que la soberanía no se negocia.
La alarma de Londres aumentó al hacerse público el envió por Washington del portaviones USS Nimitz a la zona en disputa. Ante tales hechos cabe preguntarse cómo reaccionará Europa y cómo se alinearán los países latinoamericanos.
Tanto Starmer como Milei se encuentran en horas bajas, pero luce remota la posibilidad de que recurriesen al expediente nacionalista y se embarcasen en una nueva aventura militar, aunque 1982 ya mostró que todo es posible.
En una más de sus genialidades, Jorge Luis Borges definió socarronamente a la Guerra de las Malvinas como “la pelea entre dos calvos por un peine”; esto es un sinsentido. La incógnita es si, a 44 años de una guerra que nadie imaginó entonces que sucedería, ¿volverá a correr la sangre por la posesión de un archipiélago poblado esencialmente por pingüinos?
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