Cuando se habla sobre narcotráfico, es difícil corroborar todo lo que se dice. Los rumores, las versiones de fuentes no identificadas y (en algunos casos) la imaginación abunda. El secretismo y la confidencia son una parte fundamental del trabajo que llevan a cabo estas bandas criminales. Sin embargo, en el caso del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, la presunta relación que sostiene con el Cártel de Sinaloa rompió ese cerco del silencio al punto que hasta él mismo declaró que estaba abierto a negociar con ellos.
Lo que no queda claro todavía es en qué momento se dio esta fructífera alianza que habría llevado al mandatario morenista a cumplir con sus ambiciones que se habían quedado atoradas desde 1986, año en el que compitió por primera vez por la gubernatura, algo que intentaría nuevamente en 1998, para estar al frente del estado que lo vio nacer el 15 de junio de 1949 en Batequitas, una comunidad del municipio de Badiraguato, Sinaloa.
Si bien ésta también fue la cuna de otras reconocidas figuras del narcotráfico como Joaquín “El Chapo” Guzmán y Rafael Caro Quintero, esto no convierte a Rocha Moya de inmediato en un criminal de origen. Y, a pesar de que él diría después que se siente cómodo hablando con los grandes capos gracias a sus orígenes, al menos en el papel, en su juventud el sinaloense tomó un camino diferente, público y alejado de la clandestinidad.
Muy lejos de ser confiable, y fiel a las contradicciones que se podrían dar por falta de memoria o por un simple desorden en su vida académica, el gobernador ha dicho ser egresado de dos escuelas rurales. En un evento que se llevó a cabo el 21 de noviembre del 2025, Rocha Moya dijo ser un orgulloso graduado de la Escuela Normal Rural "Plutarco Elías Calles" en El Quinto, Sonora, mientras que en su perfil como Senador de morena declaró haber obtenido la Licenciatura como Profesor de Educación Media en el Área de Matemáticas por la Escuela Normal Superior de Oaxaca.
Antes de saltar a los salones de clases, el morenista ya era un febril luchador social, que, marcado por los ideales de izquierda y de “conciencia social” de los que se habría empapado en la Normal (cualquiera que haya sido su escuela en realidad) y, según sus palabras, se convirtió en secretario General de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM) en 1968, cuando tenía apenas 19 años.
Al mismo tiempo, Rocha Moya seguía adelante con sus germinales impulsos de poder y se inmiscuyó de lleno en la izquierda mexicana, principalmente desde la trinchera del sindicalismo mexicano, esa que tantos perfiles cuestionables ha llevado mucho más lejos de lo que deberían haber llegado, y en 1980 fue nombrado secretario general del Sindicato Único de Trabajadores de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS), esa fuente de poder que lo vería, años después, en 1993, ser rector de la institución que tanto le ha pesado durante su gubernatura.
Pero antes de llegar a la dirección de la universidad, y apegado a los movimientos socialistas de los que ya formaba parte, y alimentado por su hambre de poder, se mantuvo en la lucha por escalar en las posiciones políticas que lo llevarían a ser diputado local por el Partido Socialista Unificado de México (PSUM) en 1983.
Sin mayores logros, Rocha Moya siguió adelante con sus intenciones y en 1986 compitió por primera vez como gobernador del estado, en esa ocasión al frente del Movimiento Popular Sinaloense (MPS), quedando en tercer lugar. Como era de esperarse, el entonces candidato perdedor denunció fraude en el proceso de elecciones en el estado en el que ganó el todavía poderoso Partido Revolucionario Institucional (PRI), algo que tampoco fue sorpresa para nadie.
El enojo de que el otrora partidazo arrasara en unas elecciones que él mismo controlaba, llevó al aspirante fallido a publicar el libro “Fraude a la democracia: Las elecciones en Sinaloa, 1986”, publicado por la UAS un año después de la contienda.
Los años pasaron y fue hasta 1998, un año después de que dejó la rectoría de la UAS, cuando su relación con el entonces presidente nacional del Partido de la Revolución Democrática (PRD), Andrés Manuel López Obrador, llevó a Rocha Moya nuevamente a buscar la candidatura de su estado.
En esa ocasión compitió al frente de la coalición PRD-Partido Verde Ecologista-Partido del Trabajo (PT), lo que hasta hace unas semanas representaba la base electoral de la autodenominada cuarta transformación. En la votación Rocha Moya logró obtener el 19 por ciento de los votos, lo que representó un récord para la izquierda en Sinaloa, pero que no fue suficiente para sacarlo del tercer lugar.
Las crónicas de la época recuerdan que Rocha hizo bandera de campaña la acusación constante de que el priista Juan Sigfrido Millán, quien finalmente resultaría ganador con el 54 por ciento de los votos, se presentaba como licenciado sin haberse titulado y que incluso su certificado tenía irregularidades.
¿Qué diría el entonces perredista al ver que la autodenominada 4T está llena de licenciaturas al vapor, tésis plagiadas y que, como es claro, la preparación académica es casi un estorbo?
Como es costumbre en la clase política mexicana, su “fidelidad” a la ideología izquierdista, y sus quejas del presunto fraude que habría sufrido en 1986, no evitaron que Rocha Moya se uniera al gobierno del priista Jesús Aguilar Padilla como coordinador de asesores del gobernador entre 2005 y 2010.
En esos años, hay que recordarlo, fueron asesinados el secretario de Turismo del estado, Antonio Ibarra Salgado ejecutado en pleno centro de Culiacán junto con su escolta y Enrique Mendívil, quien era dirigente campesino en Sinaloa. Según declaró en su momento el entonces diputado federal del Partido Acción Nacional (PAN), Manuel Clouthier Carrillo, “sabíamos también, que (Mendívil) era, entre otros, el vínculo del (Ismael) “Mayo” Zambada con el gobierno de Aguilar Padilla”.
Estos atentados, sobre todo el segundo, ciertamente resuenan en lo sucedido el 25 de julio de 2024, cuando el también exrector de la UAS, Héctor Melesio Cuén, quien fue un duro e incómodo opositor para Rocha Moya fue asesinado también en Culiacán, pero mejor no adelantarse a narrar las rimas que encontramos en el inescapable callejón de la historia.
Antes de dar el paso por completo a Morena, Rocha Moya se desempeñó en 2013 como subdirector de Capacitación del (Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado) ISSSTE durante el gobierno del también priista Enrique Peña Nieto, y bajo el mando del entonces director del instituto, Sebastián Lerdo de Tejada Covarrubias.
Fue en 2018 cuando el sinaloense se subió de forma oficial a la ola guinda que colapsó todo, y lo llevó a un escaño en el Senado de la República, en el que estuvo hasta 2021, año en el que pidió licencia para poder ir, por tercera vez, a buscar la gubernatura de su estado bajo el cobijo, nuevamente, de López Obrador, pero no sin antes dejar un nuevo reclamo en su larga estela de controversias.
En 2020, la organización Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad (MCCI) lo señaló por no actualizar declaraciones patrimoniales en más de 30 meses, además de que resaltó un presunto conflicto de intereses toda vez que su hijo, Rubén Rocha Ruiz, dueño de la empresa Constructora Chocosa, recibió contratos por 64 millones 660 mil pesos entre 2010 y 2018, en contratos con el gobierno de Sinaloa y con los ayuntamientos y juntas de agua de Culiacán y Mocorito. Sobra decir que, sobre esta presunta irregularidad, no queda más que el recuerdo.
Una vez que Rocha Moya dejó el Senado en 2021, impulsado por su viejo amigo López Obrador que, a dicho del ahora gobernador, ignoró la encuesta que hizo Morena para escoger a su candidato, esa que sólo parece servir para legitimar a los abanderados guindas que se esconden detrás de la imposición, el sinaloense por fin ganó la gubernatura de su estado con 56.6 por ciento de votos.
En esta ocasión no hubo un libro titulado “Fraude a la democracia: Las elecciones en Sinaloa, 2021”, principalmente porque el que estuvo detrás de la operación en contra de la oposición, que 35 años antes sufrió el duro golpe de competir contra el Estado.
La clara diferencia fue que, a diferencia de lo que sucedió en 1986, las elecciones que llevaron al todavía gobernador sinaloense al poder estuvieron marcadas por una clara intervención del crimen organizado, especialmente por la fracción de “Los Chapitos”, hijos de “El Chapo” Guzmán, que, como se ha narrado en diferentes espacios, en los días previos a la elección secuestraron a alrededor de 200 operadores de la alianza PAN-PRI-PRD y que intimidaron a candidatos opositores a Morena para que dejaran la contienda.
A esto se suma la reciente acusación del Departamento de Justicia de Estados Unidos (DOJ por sus siglas en inglés) que señaló al Cártel de Sinaloa de robar urnas y papeletas con tal de imponer al gobernador y secuaces en el poder.
Una vez que se tenía la victoria de Rocha Moya en la bolsa, los operadores de la oposición habrían sido liberados, todos con vida. Se dice que algunos de ellos fueron golpeados, ciertamente más de uno podría tener fuertes repercusiones psicológicas después de lo vivido en esa jornada de junio del 2021, pero el mensaje estaba claro, si alguien se quería oponer al poder del recién llegado gobernador, tendría que enfrentar a un doble aparato.
Como tantos autócratas en la historia, las intenciones estaban a la vista. Después de todo, en abril de 2021, cuando todavía era candidato de Morena a la gubernatura, Rocha Moya le dijo al periodista Carlos Loret de Mola en Latinus que hay que coordinarse con el narco. Al ser cuestionado al respecto, el que se convertiría en gobernador lo dejó muy claro. “Hay que buscar una forma de hacerlo”, soltó si empacho.
Al ser presionado al respecto, el abanderado guinda siguió por la misma línea, y explicó la manera en la que lo haría. “Los gobiernos en general niegan cualquier acercamiento o plática con los delincuentes. Sin embargo, hay una cosa, los contactos se hacen de personeros del gobierno con el narcotráfico, con los delincuentes, en ese sentido de coordinarse hay que diseñar una política de estado”.
Es claro que entendía muy bien cómo funcionaba el poder en el estado desde mucho antes, como lo demostró en la narconovela que publicó en 2014. “Estaba claro que los inmejorables niveles de entendimiento con los gobiernos jamás serían suficientes, porque las campañas internacionales antidrogas reducían y complicaban la tarea de los narcos, pero también era claro que, con todo, nunca se suprimiría el narcotráfico, por lo que la clave, consistía en aplicar el ingenio, pagar el disimulo, operar en las nuevas circunstancias y más allá de éstas”
Es en estas “nuevas circunstancias” en las que también intentó jugar Melesio Cuén, que con su movimiento Partido Sinaloense (PAS) buscó ser un fuerte contrapeso para el gobierno estatal, lo que término, como tantos otros casos en los que el poder se pelea fuera de la arena democrática, en sangre, traiciones y versiones encontradas que confunden la realidad.
La rivalidad entre ambos exrectores de la UAS término el 25 de julio de 2024 cuando, al ser engañado, Melesio Cuén acudió a una reunión en la que también asistió “El Mayo” Zambada, y en la que se iba a discutir, aparentemente, la sucesión precisamente en la universidad estatal. Lo que ninguno de los dos sabía es que todo era una trampa para acabar con la vida de un rival político y para entregar al viejo capo a las autoridades de Estados Unidos.
Estos hechos pasmaron la vida pública de México. Los rumores empezaron a correr y las versiones que decían que el gobernador había traicionado al legendario líder del Cártel de Sinaloa, lo que provocó una temblorosa reacción del mandatario que, a través de un video, intentó desmentir los dichos al decir que él estaba en Estados Unidos (país al que, por cierto, hoy no podría entrar no sólo por la orden de aprehensión que tiene en su contra sino también porque le habrían cancelado la visa) en el momento que se habría dado la supuesta reunión.
Ese fue el comienzo de un desfile de justificaciones, montajes y errores por parte de las autoridades estatales que intentaron desviar, sin éxito y con bases muy débiles, la narrativa de lo que había sucedido aquella tarde de verano en Culiacán.
Primero, la Fiscalía de Sinaloa mintió al presentar un video de un presunto ataque en una gasolinera en La Presita, al norte de la capital, en el que Melesio Cuén habría sido asesinado. La versión duró poco, y el show fue desmentido por la Fiscalía General de la República (FGR) que, en octubre de 2024, confirmó que Cuén murió horas antes de esas imágenes, en una finca en Huertos del Pedregal, donde se habría llevado a cabo el encuentro, algo que supieron con seguridad toda vez que su sangre hallada allí. Todo terminó con la destitución de la exfiscal Sara Bruna Quiñones por falsear hechos.
Posteriormente, "El Mayo" Zambada envió una carta en la que dejó en claro la traición que habría sufrido. El capo no mencionó directamente a Rocha Moya, sino que habló de una reunión política. Lo que sí relató fue que llegó a la finca cerca de las 11 horas para una reunión, vio a Cuén y a uno de sus ayudantes, y luego fue llevado a una sala oscura donde lo sometieron, golpearon y encapucharon para llevarlo a Estados Unidos. Quien ordenó el asesinato de Melesio Cuén sigue sin ser confirmado.
Ante la falta de un señalamiento directo, los gobernadores morenistas, el partido y hasta el presidente López Obrador salieron en respaldo del gobernador. Primero los mandatarios guindas sacaron un desplegado en el que los 22 gobernadores en funciones y siete electos, más Mario Delgado, entonces dirigente de Morena, expresaron su "absoluto respaldo" al sinaloense por su "probidad y vocación de servicio" desde hace tres décadas, y rechazaron las "mentiras y estigmatización en contra del pueblo sinaloense”.
Por su parte, López obrador dijo en su mañanera del 9 de agosto de 2024, que había que esperar "a ver qué dice él (Rocha Moya)" y evitó, como solía hacerlo, confrontarlo directamente. Días después, una vez que nada estaba claro, pero ya había una versión oficial, el entonces presidente felicitó a Rocha Moya por desmentir los señalamientos, y afirmó que "no estamos coludidos con nadie". “Nosotros le tenemos toda la confianza al gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya”, concluyó.
Ya en su papel de presidenta electa, Claudia Sheinbaum no se podría salvar de tener que dar el espaldarazo a su compañero en las filas morenistas, y dijo (aparentemente sin muchas ganas de involucrarse en el tema) un simple “le creemos al gobernador”, y añadió un tibio “es compañero del movimiento desde hace tiempo”.
En diciembre de 2024 llovieron aún más pruebas de la relación entre el gobernador y el crimen organizado, eso por si la carta, los testimonios y las claras pruebas contundentes de la relación entre el gobernador y el crimen organizado no fueran suficientes. En esas fechas se reportó que “narcovolantes” fueron lanzados desde avionetas sobre Culiacán con acusaciones de presunta corrupción contra el gobernador de Sinaloa.
En ellas venía un llamado a la presidenta Sheinbaum, y a su secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, para que actúen contra una presunta “gran red de corrupción de Rocha Moya”. “Iremos por todos los culpables del gobierno rochista. Todos pagarán así se escondan dentro de La Primavera”, decían los papeles en aparente referencia al exclusivo sector residencial La Primavera en Culiacán.
En esta semana que concluyó, el DOJ hizo pública una solicitud de extradición de Rocha Moya y nueve funcionarios sinaloenses más por su presunta relación con el crimen organizado, a lo que la presidente, fiel a su guion, respondió que se necesitan “pruebas contundentes” antes de poder comprobar que el gobernador está vinculado con el crimen organizado, aunque sin el aparentemente sin la mínima intención de investigar todo lo que aquí se ha recopilado.
Y mientras la lenta maquinaria se mueve, llegó un recuerdo de la campaña de Rocha Moya de 1998 que en ese entonces, su slogan de campaña (producto de un sesudo trabajo de comunicación política, claro está) prometía “...en él sí puedes confiar”.
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