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Tanto va el cántaro al agua…

Culiacán, Sin.- El refrán popular advierte con precisión: cuando una conducta imprudente o de alto riesgo se repite de forma sistemática, tarde o temprano termina por generar consecuencias.

Nadie puede desafiar indefinidamente los límites sin pagar un costo. Es, en esencia, una lección sobre paciencia, pero también sobre inevitabilidad.

En ese marco, la relación entre México y Estados Unidos atraviesa uno de sus momentos más delicados en años recientes. Desde 2025, Donald Trump ha sostenido una postura abiertamente confrontativa hacia México, señalando una presunta colusión entre el crimen organizado y distintos niveles de gobierno.

Las acusaciones han escalado en intensidad y alcance. Trump ha insistido en que la corrupción en México no es un fenómeno aislado, sino estructural, alcanzando a policías municipales, alcaldes, gobernadores e incluso legisladores, a quienes señala de estar, según sus dichos, en la nómina de los cárteles.

A estas declaraciones se han sumado medidas concretas: suspensión de visas a funcionarios mexicanos, la supuesta elaboración de listas de políticos vinculados con el crimen organizado y una narrativa constante desde Washington que apunta a una infiltración profunda del narcotráfico en las instituciones mexicanas. Recientemente, el embajador Ronald Johnson elevó aún más el tono al advertir sobre la posible exhibición de “narcofuncionarios”, incluso con señalamientos directos en estados como Sinaloa.

El resultado ha sido una nueva etapa de tensión bilateral. No se trata de un diferendo menor, sino de una de las mayores presiones políticas ejercidas por Estados Unidos sobre la clase gobernante mexicana en tiempos recientes.

Frente a ello, el gobierno mexicano ha respondido bajo la fórmula de “cooperación sin subordinación”, acompañada de una defensa firme de la soberanía nacional. Sin embargo, este posicionamiento enfrenta una contradicción de fondo: la persistencia de múltiples indicios -no necesariamente judicializados, pero sí ampliamente señalados- sobre vínculos entre autoridades y organizaciones criminales en entidades como Tamaulipas, Michoacán y Sinaloa.

El problema no es únicamente la acusación externa, sino la debilidad de la respuesta interna. La percepción de evasión o falta de investigaciones profundas, tanto a nivel de fiscalías locales como de la propia Fiscalía General de la República, ha contribuido a erosionar la credibilidad institucional.

En este contexto, la reciente acusación presentada en un tribunal federal de Estados Unidos contra el gobernador de Sinaloa y otros nueve funcionarios marca un punto de inflexión.

Más allá de la validez jurídica que deberá dirimirse en su momento, el mensaje político es contundente: para las autoridades estadounidenses, el funcionamiento de organizaciones como el Cártel de Sinaloa no puede explicarse sin la complicidad de actores públicos.

La reacción del gobierno federal, centrada en exigir pruebas y cuestionar los procedimientos, resulta insuficiente frente a la magnitud del golpe. El daño no es únicamente jurídico, es reputacional. Se ha impactado la credibilidad del Estado mexicano en su conjunto.

Las consecuencias son tangibles: afectaciones a la inversión, deterioro en la confianza internacional, impactos potenciales en el turismo y, sobre todo, un debilitamiento del Estado de derecho.

Cuando la sospecha se instala como narrativa dominante, el costo trasciende a los individuos señalados y alcanza a las instituciones.

El refrán vuelve entonces con fuerza: tanto fue el cántaro al agua, que terminó por romperse.

Durante años se acumularon señales, advertencias y omisiones. Hoy, el quiebre parece inevitable. La pregunta ya no es si había indicios suficientes, sino si aún hay tiempo para reconstruir la credibilidad antes de que el daño sea irreversible.

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