La bomba que lanzó el Departamento de Justicia de EU sobre México, solicitando la detención con fines de extradición del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y 9 funcionarios y exfuncionarios sinaloenses, para ser investigados por su participación en una trama de narcocorrupción vinculada al tráfico de fentanilo hacia ese territorio, ha provocado múltiples reacciones.
La que más me sorprende es la opinión de quienes afirman que tal vez la presidenta no sabía, que no le informan, y que esta grave crisis con el gobernador –que ya pidió licencia–, sería una extraordinaria oportunidad para deshacerse de él y de otros implicados con el narco que llegaron al poder con las siglas de Morena. La oportunidad de “limpiar” la casa.
Podemos llamarle ingenuidad, o incluso autoengaño, a la idea de que la presidenta no tenía la película completa; que eran pactos previos a su llegada y López le heredó un gran problema que ella puede resolver.
Remontémonos unos años atrás: el 7 de septiembre de 2023, a las afueras del restaurante El Mayor, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, al concluir el proceso interno para elegir a quien encabezaría la candidatura presidencial –proceso que tuvo como finalidad hacer actos anticipados de campaña y una simulación de democracia interna–, el entonces presidente Andrés Manuel López Obrador le entregó el bastón de mando, para sorpresa de nadie, a Claudia Sheinbaum Pardo, su heredera política.
Esa ceremonia es profundamente significativa entre las comunidades indígenas de México, que utilizan el bastón de mando como un símbolo de autoridad política y espiritual. En el terreno político partidista, no se había empleado hasta esa noche, cuando AMLO le imprimió una carga ideológica y de movimiento. El simbolismo representaba, en realidad, el relevo en la conducción del proyecto que él fundó.
Más allá de la apropiación cultural que muchos señalaron, se trató de la cesión de la responsabilidad de dar continuidad del proyecto, y algo muy importante: incluía custodiar todo lo que López Obrador había construido hasta ese momento.
Sin esa construcción, el movimiento no hubiera llegado tan lejos; no todo fue caminar las calles y hablar en las plazas públicas. El paquete incluía los pactos, el financiamiento, los acuerdos, los socios, los compromisos asumidos a lo largo de los años y por todo el territorio nacional. Entre ellos, por supuesto, lo pactado con Rocha Moya.
Y no sólo eso, la ceremonia enviaba un mensaje a las huestes morenistas: “Ella es mi sucesora y la encargada de custodiar todo lo logrado hasta ahorita, síganla”. Y representaba, desde luego, la instrucción de movilizar todos los votos en su favor. A los ingenuos les pregunto: ¿quién creen que movilizó los votos de Sinaloa en favor de Claudia Sheinbaum siendo gobernador de ese estado? Rubén Rocha Moya. Así como lo hizo Américo Villarreal, en Tamaulipas; Alfredo Ramírez Bedolla, en Michoacán; Marina del Pilar, en Baja California; Durazo, en Sonora; Evelyn y Félix Salgado Macedonio, en Guerrero; Diego Rivera en Tequila… y una larga lista de impresentables, desVISAdos y acusados de cualquier cantidad de delitos.
Claudia se benefició del desvío de recursos, de los pactos criminales, del lavado de dinero en las campañas, de las amenazas a poblaciones enteras para que votaran por Morena, del uso y condicionamiento perverso de los programas sociales. Su triunfo arrasador está colgado de pactos inconfesables.
El bastón de mando incluía a Rocha Moya y a muchos más. Ella lo recibió y lo aceptó. Por eso, su caída es la caída de todo el entramado que la llevó a la presidencia. ¿Quién capitalizará esa caída?
Recomendar Nota
