Llegó la primavera y, con ella, un sinfín de crisis que tienen a la presidenta envuelta en una tormenta propia de la temporada de huracanes; Sheinbaum no ha podido cortar ni una flor de los jardines de Palacio Nacional.
La mala gestión del régimen se acumula y crece la maraña de problemas que le revientan en la cara. Fuera del ambiente controlado de las “mañaneras”, la mandataria es un polvorín que explota, tal como sucedió este fin de semana en Puebla al enfrentarse a ciudadanos que se manifestaron aprovechando su visita a la entidad.
Y no es para menos. Recordemos que aún arrastra la resaca del fracaso de su reforma constitucional. Lo que ella llamó el “plan B” terminó siendo una endeble tablita salvavidas aprobada en la Cámara de Diputados; es el residuo que quedó tras el naufragio del cuarto intento de reforma electoral del oficialismo.
Lo que comenzó años atrás con la intención de trastocar el sistema político-electoral culminó –por ahora– con una reforma mínima que invade la soberanía de estados y municipios, afectando incluso a sus propios gobiernos locales. Ante su nula capacidad para construir y dialogar con otras fuerzas políticas, lo único que le queda a la presidenta es argumentar que logró “eliminar privilegios”.
En medio de la tormenta político-electoral, llegó la crisis de la refinería Dos Bocas que no ha dejado de provocar dolores de cabeza desde el mes pasado. Todo empezó con el derrame de aguas aceitosas que se incendiaron, causando la muerte de cinco personas. La negligencia operativa y la prisa política están cobrando facturas letales. Los días menos problemáticos de la refinería, son aquellos donde solo hay fuga de gas.
Abril le regaló a Sheinbaum un ramillete de señalamientos en materia de derechos humanos. El histórico informe del Comité contra la Desaparición Forzada (CED) de la ONU concluyó que en México persiste una crisis gravísima; estas desapariciones constituyen crímenes de lesa humanidad producto, entre otras cosas, de la aquiescencia del Estado.
El diagnóstico es demoledor: la impunidad en nuestro país alcanza 99% y la creciente militarización no ha ayudado; al contrario, solo ha erigido un muro de opacidad. El CED advierte que los familiares de las víctimas terminan realizando las labores que le corresponden a las instituciones, haciéndolo además bajo un riesgo altísimo. La situación es tan crítica que se requieren medidas urgentes y ayuda internacional, por lo que el caso será llevado ante la Asamblea General de la ONU.
La respuesta del gobierno de México fue la negación obcecada. Esta postura provocó una nueva crisis de la cual es imposible salir bien librado, pues la realidad cotidiana termina dándole la razón al CED. Lo anterior no sólo dejó una fricción con organismos internacionales, sino –sobre todo– con los colectivos de búsqueda y organizaciones de la sociedad civil que llevan décadas luchando para dar visibilidad a la crisis mexicana. Su llamado al exterior no es un ataque, sino una acción desesperada por la falta de atención de las autoridades mexicanas.
Mientras esto sucedía, otro brote de indignación encendía la furia ciudadana: el daño medioambiental provocado por un derrame de petróleo en el golfo de México. El desastre no solo atrajo la atención de medios internacionales, sino que dio pie a investigaciones sobre las causas de un vertido que ya ha afectado kilómetros de playas, golpeando directamente a cientos de pescadores y familias que dependen del mar. Esto sin considerar el daño irremediable a la flora, fauna marina y al entorno ecológico.
A este escenario hay que sumar las crisis sistémicas: las pifias de “infodemia” –la plataforma del oficialismo encargada de desmentir noticias falsas que termina por propagar las propias–; la indignación por la determinación de una Corte morenista que da manga ancha a la UIF para congelar cuentas bancarias sin orden judicial; el caos persistente en la CDMX con un Metro colapsado; los reclamos de transportistas y productores del campo que cierran carreteras; la terrible alza de precios, y la caída estrepitosa de la inversión.
La maldita primavera de Sheinbaum se convierte, así, en una nube negra que ensombrece a todo el país.
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