México ya no vive solamente una crisis de violencia. Vive algo más profundo, más peligroso y más difícil de corregir. Vive una crisis moral del poder.
Lo ocurrido hoy con Morena, al anunciar juicio político contra Maru Campos por el caso Chihuahua, confirma una desconexión brutal, no solo con la realidad, también con la frontera elemental entre el bien y el mal. Mientras Sinaloa y otros estados gobernados por el oficialismo enfrentan señalamientos gravísimos de captura criminal, el régimen decide convertir a Chihuahua en el escándalo conveniente.
El mensaje es demagógico hasta la obscenidad. Si una gobernadora permite colaboración internacional contra criminales, juicio político. Si personajes del oficialismo son señalados por presuntos vínculos o tolerancia frente a estructuras criminales, entonces aparecen la prudencia, la victimización, la narrativa de soberanía y el silencio estratégico. Ese es el tamaño de la descomposición.
La pregunta ya no es si hay desconexión. La pregunta verdadera es otra. ¿En qué momento el poder decidió que proteger al partido era más importante que proteger al país?
Porque cuando un régimen pierde la capacidad de distinguir entre combatir criminales y proteger complicidades, ya no estamos frente a una simple torpeza política. Estamos frente a una degradación ética.
Y lo más delicado es que esto no ocurrió de la noche a la mañana. Ha sido un proceso lento, constante y profundamente corrosivo durante los últimos ocho años. Millones de mexicanos pensantes jamás imaginamos llegar a observar semejante nivel de simulación, cinismo e inmoralidad política normalizada desde el poder.
Pasamos del discurso de esperanza al resentimiento como forma de gobierno. De la supuesta transformación moral a la destrucción sistemática de contrapesos, instituciones y límites éticos. Hoy pareciera que todo se justifica si sirve para mantener el control político, incluso tolerar lo intolerable.
La patria sí está en riesgo. Pero no por las amenazas externas que todos los días intentan vendernos como distractor político. El verdadero peligro viene desde dentro. Desde una obsesión ideológica absurda y un rencor acumulado durante años por quienes hoy gobiernan, capaces de incendiar el futuro del país si su visión excluyente y caprichosa no se impone completamente.
Lo más alarmante es la naturalidad con la que empezamos a convivir con todo esto. Escándalo tras escándalo. Revelación tras revelación. Un día aparece un señalamiento gravísimo relacionado con estructuras criminales. Al siguiente, una cortina de humo. Después otra confrontación política diseñada para dividir emocionalmente al país mientras los problemas reales siguen creciendo debajo de la mesa.
Y mientras tanto, millones de ciudadanos observan paralizados, algunos por miedo, otros por cansancio y muchos por indiferencia. Esa combinación es letal para cualquier democracia.
México pasó de los políticos moralmente derrotados a los representantes de una inmoralidad política cada vez más descarada. Y el riesgo ya no es solamente la violencia criminal. El verdadero riesgo es acostumbrarnos a ella mientras el poder pierde el juicio, la vergüenza y cualquier límite moral.
Pero todavía hay salida. No vendrá de los discursos oficiales ni de los fanatismos partidistas. Vendrá de una ciudadanía que entienda que gobernabilidad, seguridad y democracia no son regalos permanentes, son conquistas que deben defenderse todos los días.
Cuando los ciudadanos despiertan, los abusos empiezan a encontrar límite. México todavía tiene una reserva moral enorme en su gente buena, trabajadora y valiente. Ahí está la salida. Pasar de espectadores indignados a ciudadanos organizados. De la queja al movimiento. Del miedo a la participación. Porque ningún régimen, por poderoso que se crea, puede más que una sociedad decidida a recuperar su país.
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