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Gobernar mal y posar bien

No solamente estamos viendo gobiernos ineficaces, corruptos e irresponsables. Estamos viendo gobernantes cínicos, frívolos, vanidosos e imprudentes. Políticos que ni siquiera han podido resolver lo elemental en los territorios que administran, pero ya actúan como si lo urgente no fuera gobernar, sino proyectarse.

Ese es uno de los rasgos más irritantes de la política mexicana actual. La crisis no ha sido suficiente para volver sobria a buena parte de la clase gobernante. Al contrario. En muchas regiones del país empieza a notarse una ansiedad de promoción personal cada vez menos disimulada. Se gobierna con una mirada puesta en el reflector, en la narrativa, en la fotografía, en la siguiente estación política. Y mientras tanto, el país real sigue acumulando miedo, impunidad, violencia y hartazgo.

El ejemplo del alcalde de Tijuana sirve precisamente por eso. No porque sea excepcional, sino porque retrata con nitidez una conducta más extendida. Esta semana, el ayuntamiento difundió la visita de Ismael Burgueño a la sede de la ONU, en Nueva York, como parte de un reconocimiento a Tijuana por políticas públicas, y en esa narrativa se enlistaron programas como Tijuana Ciudad Limpia, Tijuana Iluminada, Tijuana Saludable y Tijuana Segura.

La torpeza no está solo en el contraste entre discurso y realidad. Está en el momento elegido. La visita ocurrió apenas días después de que el Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU solicitara que la Asamblea General examine la situación de las desapariciones forzadas en México. En ese contexto, que un alcalde del mismo partido se coloque en la sede de Naciones Unidas para construir una postal de éxito no proyecta estatura. Proyecta frivolidad, desconexión o una comprensión muy rudimentaria de la política.

Pero el problema de fondo va mucho más allá de esa escena. Lo verdaderamente delicado es que esta lógica ya se ve en muchos rincones del país. Gobiernos locales que no consolidan seguridad, no ordenan el espacio público, no reducen la impunidad, no reconstruyen instituciones, pero sí invierten energía en posicionarse. Alcaldes que se comportan como aspirantes. Gobernadores que se mueven como si ya estuvieran en la siguiente boleta. Equipos completos dedicados a fabricar reputación antes de construir resultados.

La ambición siempre ha existido y existirá. Eso no tiene nada de novedoso. Lo que sí resulta alarmante es el grado de cinismo con el que hoy se administra la distancia entre propaganda y realidad. Ya no se intenta resolver primero para después presumir. Ahora se presume para compensar que no se resuelve. Ya no se comunica un resultado. Se maquilla una carencia.

Por eso el caso no debe leerse solo como una anécdota desafortunada. Debe leerse como síntoma. Cuando una clase política empieza a usar el poder no para corregir la realidad sino para escapar de ella, el problema deja de ser solo de eficacia. Se vuelve un problema de carácter, de responsabilidad y de decencia pública.

Un gobierno todavía puede fracasar intentando gobernar. Lo verdaderamente inaceptable es verlo fracasar mientras ensaya su siguiente campaña.

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