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PRI, el apestado

A estas alturas del calendario político son cada vez más evidentes los movimientos, gestos y golpes bajo la mesa entre los distintos actores partidistas frente a la configuración de fuerzas rumbo a la elección intermedia del próximo año.

Hoy luce muy distante el intento del PAN, PRI y PRD por construir una oposición unida para competir en aquello que llamaron Fuerza y Corazón por México. Tras fracasar en su objetivo de consolidarse como un frente opositor al oficialismo capaz de capitalizar los errores, excesos y claras incapacidades de los gobiernos morenistas, los referidos partidos políticos han marcado distancia entre sí.

Jorge Romero, dirigente nacional del PAN, ha reiterado en diversos espacios que su partido debe “apostarle al PAN” y competir con sus propios colores. Además, ha mantenido una postura abierta y firme de rechazo a la posibilidad de aliarse con el PRI.

Alejandro Moreno ha insistido, desde la dirigencia tricolor, en la idea de un frente opositor, pues sabe muy bien que su partido enfrenta serias dificultades para competir por sí mismo a nivel nacional. Sin embargo, la posibilidad de que el PRI compita solo es cada vez mayor, pues el trato que le dan las demás fuerzas políticas es de apestado.

Los partidos políticos opositores no quieren aliarse al partido que acumula el mayor descrédito y rechazo histórico (hasta 85%, según El Financiero), algo que no es novedad en las mediciones sobre el PRI. Lo que si ha cambiado es que el Revolucionario Institucional se desplomó como opción política teniendo hoy la más baja intención de voto de su historia (8%, según El Universal). El PRI dejó de ser la maquinaria que gana elecciones y se transformó, bajo el liderazgo de Alito, en una fuerza política al servicio del régimen y en un aliado poco confiable, por decir lo menos.

Y si bien es cierto que esta crisis del PRI se ha gestado a lo largo de décadas, la responsabilidad de su dirigencia actual en la debacle es mayúscula. Basta echar un vistazo a los resultados electorales de las últimas contiendas, así como a los cada vez menos territorios donde es gobierno.

El PRI que recibió Alito en 2019 gobernaba en 14 estados de la República y hoy solo gobierna en dos (Durango y Coahuila), que logró mantener gracias a que compitió en alianza con PAN y PRD. Si a eso sumamos que la percepción que tienen los demás dirigentes sobre Alito es la de un político poco confiable y que juega como una ficha más del gobierno en el tablero político, el aislamiento del tricolor se cristaliza cada vez más.

Por su parte, Movimiento Ciudadano ha construido su ascenso electoral basado en un distanciamiento ideológico con las fuerzas políticas tradicionales o lo que su dirigente, Jorge Álvarez Máynez, califica como “vieja política”, especialmente con el PRI.

El escenario para el que alguna vez fue el partido más poderoso de América Latina durante el siglo XX luce cada vez más adverso. Hasta hoy, las señales son claras: las demás fuerzas políticas rechazan incorporar al PRI a una eventual alianza opositora.

El cálculo que hacen sobre el tricolor es demoledor: el PRI ya no suma, el PRI resta.

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