Las agencias de seguridad de Estados Unidos suelen apretar por medio de filtraciones en la prensa. El 16 de septiembre de 1986, el diario San Diego Union publicó una nota en la que señalaba que 45 funcionarios del gobierno mexicano estaban implicados en el narcotráfico. La fuente era un agente del FBI que pidió mantener en resguardo su identidad.
Uno de los personajes mencionados era el general Juan Arévalo Gardoqui, el secretario de la Defensa.
El soldado acudió a Los Pinos para entrevistarse con el presidente de la República, Miguel de la Madrid Hurtado.
A bocajarro soltó el general: “¿Ya vio lo que dijeron de mí los periódicos extranjeros? Yo creo que en estas condiciones ya no le sirvo, ya no puedo prestarle mis servicios como yo quisiera. Por ello, quiero decirle que mi relevo está a su disposición”.
El presidente De la Madrid, al ver lo alterado que estaba su colaborador, le aconsejó: “No deje que los norteamericanos logren su objetivo. No se desanime general; resista y manténgase firme”.
La respuesta tenía sentido, porque las propias autoridades del país vecino habían desestimado lo reportado en el San Diego Union.
El golpe de todas formas era severo, ya que se daba en un contexto de crisis derivada del homicidio del agente de la DEA Enrique Kiki Camarena, ocurrido un año antes.
A esta situación se sumaban las intrigas e insinuaciones del embajador John Gavin, quien afirmaba que los gobernadores de Sinaloa, Antonio Toledo Corro, y de Durango, Armando del Castillo, estaban en el negocio de las drogas.
El presidente de México dudaba, sobre todo del segundo de los mencionados, pero no le presentaban prueba alguna.
En el fondo, volaba a ciegas y lo reconocía: “Aunque parezca sorprendente, no cuento con un cuerpo de información y seguridad suficientemente amplio y confiable para conocer las actividades privadas de cualquier ciudadano”.
Y hacía un diagnóstico inquietante: “El problema es estructural, pues los aproximadamente mil 500 elementos de la Dirección Federal de Seguridad, muchos son corrompibles, otros son imbéciles y la mayoría no tiene ninguna educación”.
Nada más delicado que no contar con los insumos adecuados para tomar decisiones, hace cuatro décadas y ahora mismo.
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