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La pelota que nos mueve

Mi edad me ha permitido ser testigo del tercer Mundial en México. Nací en una familia aficionada a ver y realizar ejercicio. Desde pequeño practiqué el deporte de moda en esa época, el squash, y logré competir y ganar torneos nacionales e internacionales. De igual forma, mi padre me heredó su fanatismo por el futbol.

​A los cinco años de edad, mi papá me regaló mi primer uniforme de los Pumas: una playera azul con rayas doradas. En esa época llegó el Mundial del 70. La emoción fue enorme; Juanito, la mascota de aquella contienda, aparecía en todas las esquinas. Recuerdo haber sufrido con la lesión de Alberto Onofre una semana antes de iniciado el Mundial. Confieso haber gritado en el estadio porque Raúl Cárdenas no metía a mi ídolo de la infancia, Enrique Borja, y sí, haber llorado con la goliza que nos puso la selección italiana en Toluca.

​Terminaba la carrera de medicina cuando llegaba el Mundial del 86. Otra vez la emoción a tope. Piqué sustituía a Juanito; Hugo Sánchez era el nuevo Enrique Borja. Entonábamos la canción del “equipo tricolor” y volví a emocionarme con los triunfos contra Bélgica y Bulgaria. Quién puede olvidar la tijera de Manuel Negrete, una obra de arte para los que gustamos del deporte. Verlo en vivo y sentir la emoción de lo que significaba —el pase a cuartos de final— lo convirtió en uno de esos momentos imborrables. Pero también la tristeza de la derrota llegó: los penales, los malditos penales nos eliminaban y nos quitaban el sueño de una semifinal.

​En algo que habría sido difícil de imaginar, estoy a unos cuantos días de vivir un tercer Mundial en México. Sin embargo, llega con la preocupación por el momento en que vive nuestro país y, más aún, el área de la salud, que ha sido convertida en un penalti sin portero, donde el tirador es la enfermedad y la posibilidad de cambio parece inexistente; un escenario donde los encargados de tener al equipo de salud en buena forma se han dedicado a destruirlo, eso sí, repitiendo siempre que tenemos una selección mejor que cualquiera europea. La realidad es otra.

​Llego así a esta contienda. Por un lado, emocionado por una vida llena de futbol y por las sensaciones que nos trae este deporte: euforia, alegría, tristeza, enojo; por el otro, con la frustración de ver a un país tan lastimado. Quizá la división social pueda encontrar en esos 90 minutos de juego el único momento donde los 130 millones de mexicanos queramos exactamente lo mismo: que gane México.

​Estos días nos dan la oportunidad de disfrutar otra dimensión de nuestras vidas. La distracción, el descanso, la emoción. También nos brindan la oportunidad de ejercitarnos. Recuerdo cómo, después de cada juego, salíamos a la calle, nos disfrazábamos de Pelé, Gordon Banks o Beckenbauer, y pasábamos horas corriendo detrás de esa pelota que mueve al mundo.

​El Mundial nos recuerda que también existe un tiempo para poner un freno a los pensamientos fatalistas; para vivir por unas horas, por algunos días, algo diferente a nuestra rutina. También nos invita a movernos, a correr detrás de un balón, a jugar con nuestros hijos o nuestros nietos, y a compartir ese grito de gol que, al final, es un desahogo del alma.

Hoy siento que a pesar de los diagnósticos difíciles y el desgaste de los años, siempre existe un tiempo para poner alto al pesimismo. Hoy miro el horizonte de este tercer Mundial no solo como el médico preocupado por el sistema o el niño que lloró en el 70, sino como alguien que entiende que la salud también es bienestar emocional, tregua y memoria compartida.

Que gane México.

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