Desde 2000 han sido detenidos, procesados o encarcelados unos 25 exgobernadores mexicanos, y falta saber cuántos más seguirán cayendo en estos años. Por lo pronto, al menos cuatro están la mira de Estados Unidos, todos de Morena, y por mera ley de probabilidades también podrían estar los de otros partidos.
Como comenté aquí (25/06/2026), en estos tiempos líquidos, donde hay monitoreos tecnológicos altamente sofisticados y múltiples agencias transnacionales que rastrean la dinámica del delito (GAFI, OFAC, FinCEN, UNODC), ocurra donde ocurra, ha empezado a cobrar mayor importancia estratégica la colaboración de actores directos en esa cadena y, como suele pasar, por algún lado suele romperse el eslabón, lo que facilita la investigación y comprobación de los delitos.
Así está sucediendo en el maxiproceso español, con Pedro Sánchez y Zapatero en los papeles estelares, que ya ha condenado a los primeros imputados a 48 años de cárcel, uno de los cuales precisamente permutó la pena a cambio de dar información en la causa judicial.
Recordé en esa columna que en la teoría de juegos el “dilema del prisionero”, también llamado el equilibrio del miedo o el equilibrio de Nash, funciona bastante bien, y siguiendo esa formulación The New York Times dio a conocer una auténtica bomba psicológica.
El diario reportó, citando a una docena de fuentes, que miembros destacados de Morena, incluidos gobernadores y legisladores, ya se han ofrecido “de manera discreta a las autoridades estadounidenses como informantes contra otros integrantes del partido” porque quieren “adelantarse” ante el miedo de que las pesquisas puedan centrarse en ellos. Añade que esa información está aportando “detalles extraordinarios del funcionamiento interno de los cárteles y sus vínculos con políticos mexicanos” y un ex administrador de la DEA dijo “estar muy seguro de que habrá algunas personas de alto nivel que serán imputadas”.
Y allí anida el riesgo para Sheinbaum y la hipótesis que la coloca en un dilema complejísimo -en plena revisión del T-MEC, con tensiones cotidianas con Washington y sin política exterior-, pues al tiempo que esas investigaciones sobre corrupción se profundizan, su gobierno se ha polarizado entre quienes plantean cooperar con Washington y quienes se oponen porque temen auto incriminarse o ven el derrumbe de Morena o creen que sienta un precedente altamente peligroso. O todo junto. Esos son los términos reales del dilema y como en EU (bueno, ni en México) nadie confía en el sistema mexicano de procuración e impartición de justicia, la simulación injerencista está técnicamente muerta.
¿Qué opciones tiene Sheinbaum? La primera es que si entrega cabezas de alto nivel ¿cuál de ellas delataría al resto y hasta dónde llegaría el colapso? Una segunda es que haya presuntos implicados que sean familiares del expresidente o de su círculo más cercano. La tercera, la más expuesta y letal, es despejar si el encubrimiento es solo por lealtad a su superior o si la propia presidenta y su entorno más estrecho saben algo más y tienen mucho que temer -por omisión o por comisión- lo cual haría, hipotéticamente, delicadísima su posición.
Y una última opción, pragmática sin duda, es que en el ritual ofrende cabezas propias, ya sean legisladores, gobernadores o funcionarios morenistas, pero también las de otros partidos para emparejar políticamente los cartones y tranquilizar a sus exaltadas huestes. En el caso de gobernadores de oposición tiene nueve candidatos: cuatro del PAN, dos del PRI, dos de MC y uno del Verde. Cuestión de calcular hacia dónde girar la ruleta.
Si se trata de tela, hay de donde cortar por todos lados.
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