La palabrita necia. Insiste en no desaparecer de la narrativa oficial, aunque sobreviva de la peor manera. Sigue en circulación, pero la Transformación le cambió el significado.
La palabra “certidumbre” servía para hablar del futuro. De reglas claras. De inversiones. De proyectos que podían hacerse sin la sospecha permanente de que alguien cambiaría las reglas a mitad del camino o extorsionar hasta anularlos. Era una palabra aburrida, pero eficiente. Porque las economías serias suelen construirse sobre palabras bastante aburridas, pero políticas públicas eficientes.
Esta semana volvió a escucharse con entusiasmo, por llamarlo de alguna manera. Estados Unidos no impuso nuevos aranceles a México y el gobierno respiró por fin. También nosotros. Qué curioso. El motivo de la celebración no fue una buena noticia. Fue la ausencia de una mala.
Poco a poco fuimos modificando la escala con la que medimos el éxito nacional. Antes celebrábamos una inversión, una nueva planta, un proyecto o una cifra de crecimiento. Hoy basta con sobrevivir a la siguiente amenaza.
Hay algo profundamente revelador en celebrar que el desastre decidió esperar.
La palabra certidumbre sigue apareciendo como relleno emocional en los discursos oficiales. Sólo que sufrió una reducción de tamaño. Antes prometía estabilidad. Ahora promete que por el momento, nada explotó. O por lo menos, no tan fuerte. Es una ambición reducida a sobrevivir. Una ambición de mínimos.
Y no toda esa incertidumbre llega desde Washington, también se cocina aquí. Cada reforma anunciada sin claridad. Cada regla que cambia sobre la marcha. Cada institución que desaparece. Cada decisión que obliga a empresarios, inversionistas y ciudadanos a volver a sacar la calculadora para medir el riesgo y olvidarse del crecimiento.
Hay una diferencia enorme entre hacer planes y calcular daños.
Nosotros ya casi olvidamos la primera.
Quizás por eso el alivio dura tan poco. Porque siempre viene acompañado de una duda ansiosa.
¿Y ahora qué?
Vivimos pendientes del siguiente anuncio, de la siguiente negociación y de la próxima amenaza. Como quien deja el paraguas junto a la puerta, aunque el cielo haya amanecido despejado. No porque esté lloviendo, sino porque ya aprendió que el pronóstico cambia de un minuto al otro.
Un país no puede construir su futuro respirando aliviado cada vez que esquiva una mala noticia. Tampoco puede llamar certidumbre a la simple ausencia de una crisis.
La certidumbre ahora no consiste en saber hacia dónde vamos. Consiste en despertar cada mañana y comprobar que el desastre sigue sin alcanzarnos.
Por ahora...
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