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México necesita más escaleras de movilidad social que la educación universitaria

Cada año miles de jóvenes mexicanos viven el mismo drama: no fueron aceptados en la universidad o necesitan una fortuna para pagar una institución privada. La discusión inmediata suele ser exigir más lugares y construir más campus. Sin duda necesitamos universidades de calidad y ampliar las oportunidades universitarias mediante becas para quienes tienen aptitudes. Pero quizá estamos haciendo la pregunta equivocada. El verdadero problema es haber convertido a la educación superior en prácticamente la única escalera legal hacia una vida mejor.

De acuerdo con las proyecciones demográficas del Conapo, México tiene alrededor de 11 millones de jóvenes en la edad típica para cursar una licenciatura (18-22 años), mientras que la matrícula total de educación superior asciende a alrededor de 5.5 millones de estudiantes. Incluso suponiendo que todos esos espacios estuvieran ocupados por jóvenes de esas edades, la universidad simplemente no puede convertirse en la única puerta para tener movilidad económica y social. Pretender que una sola institución cargue con las oportunidades de millones de personas es pedirle algo imposible.

Peor aún, cuando toda la presión social se concentra en una sola vía, el riesgo es sacrificar calidad para aumentar cobertura. Por buscar que la única salida sea universitaria, se han creado instituciones, públicas y privadas, cuya calidad es dudosa, por decir lo menos. Al final perdemos todos: los estudiantes reciben una formación sin rigor e insuficiente y el mercado laboral termina desconfiando del valor de algunos títulos profesionales. La respuesta no puede ser reducir la calidad para aumentar la cobertura.

Los países más prósperos entendieron hace mucho que existen diversas rutas para progresar. En Alemania, Suiza y Austria, una educación técnica de alta calidad, vinculada con empresas, permite acceder a empleos bien remunerados sin necesidad de cursar una licenciatura. No es una educación de segunda categoría; es una opción prestigiosa. La OCDE muestra que México tiene una de las proporciones más bajas de jóvenes de 25 a 34 años cuya mayor formación es técnica postsecundaria, alrededor de 1%, muy por debajo de esos países.

Además, México ha construido muy pocas escaleras adicionales. Emprender tampoco resulta sencillo. Datos de la encuesta ESRU‑EMOVI del CEEY muestran que 75% de las personas que nacieron en los quintiles más bajos no ha tenido inclusión financiera, frente a sólo 19% del quintil con más recursos. Si quien tiene una buena idea de negocio no consigue crédito formal para iniciarla o expandirla, otra escalera queda bloqueada. En otros países es factible tener un adecuado nivel de vida sin un título universitario, en México queremos que sólo exista esta escalera.

Necesitamos universidades fuertes y con rigor académico, pero también muchas más escaleras fuera de ellas: carreras técnicas de excelencia, un sistema financiero que apoye a pequeños emprendedores, empresas capaces de generar empleos productivos y mecanismos para que el talento encuentre caminos diversos. Las personas tienen habilidades distintas y un país inteligente construye instituciones para aprovechar esa diversidad. Cuando las escaleras legales para la movilidad social son pocas, no sorprende que algunos jóvenes terminen viendo en el crimen organizado una alternativa inmediata.

La igualdad de oportunidades no consiste en que todos recorran el mismo camino, sino en que existan muchos caminos para llegar lejos. Habrá jóvenes cuyo talento florezca en la universidad; otros lo harán en una carrera técnica de calidad o creando una empresa. Mientras sigamos creyendo que una sola institución puede resolver el futuro de millones de jóvenes, seguiremos generando frustración y desperdiciando talento que podría florecer por otras vías.

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