Los primeros cinco meses de 2026 cerraron con un superávit comercial de 156 mil 755 millones de dólares con Estados Unidos. Con China, en cambio, el saldo fue de -47 mil 824 millones de dólares; con Taiwán, de -35 mil 388; con Vietnam, de -14 mil 360, y con Corea del Sur, de -11 mil 690 (GAEAP-INEGI). Prosperidad de un lado, números rojos del otro.
¿Por qué importa esa diferencia? Porque nos recuerda uno de los matices obligados para analizar las exportaciones mexicanas: no todas generan el mismo valor.
Empecemos por el sector agroalimentario, del que tenemos mucho que aprender. México abastece 92% del aguacate fresco que consume Estados Unidos. También lideramos el mercado del jitomate y de las berries (USDA). Un índice que compara 48 cultivos estratégicos entre ambos países —con EU como referencia en 100 puntos— ubica al aguacate mexicano en 2 mil 362; mientras que la soya se ubica en apenas 0.2 (tendencias del campo mexicano). Michoacán y Jalisco concentran la mayoría, lo cual también representa una vulnerabilidad: una sequía o una plaga mal contenida podrían afectar seriamente las exportaciones agrícolas.
El componente estacional es decisivo: cosechamos justamente cuando nuestro socio comercial no puede hacerlo. Esa complementariedad garantiza, a lo largo del año, el flujo de alimentos hacia las mesas del otro lado de la frontera.
Se trata, además, de una cadena productiva corta y verificable. La tierra, el agua, la mano de obra y buena parte de los insumos utilizados en el proceso son mexicanos. Cuando EU nos compra un aguacate, está comprando todo lo que costó producirlo aquí.
En el sector manufacturero, la historia es muy distinta. Veamos las computadoras y los electrónicos, el sector que más ha impulsado el crecimiento reciente de las exportaciones. Los principales proveedores estadounidenses son Taiwán y Vietnam, precisamente los países con los que mantenemos algunos de nuestros mayores déficits comerciales (censo de EU). En ese segmento, lo que exportamos apenas incorpora un proceso final en territorio nacional antes de cruzar la frontera.
En gran medida, el valor de un chip que entra a una planta en Chihuahua, por ejemplo, está determinado desde que salió de una fábrica en Asia. Aquí se ensambla, se empaca y se etiqueta como producto nacional antes de llegar a nuestro principal mercado. Es la última escala de una cadena que generó su riqueza en otro lugar. Exportamos más, pero nos quedamos con menos.
Hay una excepción alentadora: el equipo de transporte, donde México supera a Canadá y a Japón como proveedor estadounidense. Es la prueba de que una integración con mayor contenido nacional también es posible fuera del campo.
Robert Lighthizer, negociador del T-MEC durante la primera administración Trump, puso el dedo en la llaga: gran parte del déficit comercial de EU con México, sostuvo, se explica porque una proporción importante de lo que sale de territorio mexicano no incorpora suficiente contenido mexicano. Lo dice uno de los arquitectos del tratado justo cuando su revisión comienza a discutir reglas de origen más estrictas.
Ese contenido es la línea que separa a los productos del campo de los semiconductores: los primeros se producen aquí de principio a fin; en los segundos, somos prácticamente un país de tránsito.
El sector agroalimentario ha dedicado tres décadas a construir una ventaja competitiva propia, auténticamente hecha en México. Ese sigue siendo el gran pendiente de la manufactura especializada y debería ser también el estándar para evaluar la adaptación del país a la nueva etapa del T-MEC: ¿cuánto de lo que exportamos se produce realmente en México?
Exportar más es deseable, pero exportar cada vez más contenido mexicano es indispensable.
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