Sin periodismo no hay democracia. No es sólo que una sociedad bien informada puede tomar mejores decisiones. Es a través del intercambio de ideas, del constante escrutinio al poder y de la búsqueda de la verdad que se puede sostener un sistema de libertades.
Intentos por impedir este abierto flujo de información sobran en la historia. De lo que no hay registro es de que esto haya evitado una sola catástrofe, sino que sólo evita que se dé a conocer.
Amartya Sen, Premio Nobel de Economía en 1998, dejó en claro la importancia del periodismo cuando afirmó que las catástrofes se han dado en diferentes momentos y bajo diferentes tipos de gobierno.
Sen también destacó que “uno de los hechos más notables en la terrible historia del hambre es que nunca ha habido hambruna importante en ningún país con una forma democrática de gobierno y con una prensa relativamente libre”.
Claro que, como todo lo que incomoda a los proyectos totalitarios, el periodismo independiente no se libra de los permanentes embates de quienes no saben controlar su ambición y buscan la permanente concentración de poder.
El hambre de destrucción es difícil de saciar, y más para quien se obsesiona con dejar su marca hacia el futuro. Sería estéril pensar en lo que se ha perdido en manos de personajes que, ante la impotencia de no poder dejar una huella, prefieren borrar las de los demás.
Existieron intentos por evitar que su defensa recayera únicamente en las personas que aman la libertad y que se oponen de forma frontal al autoritarismo. Como suele suceder, algunos han tenido más éxito que otros.
Según recordó la experta en derechos humanos Wiebke Lamer, durante la elaboración de la Declaración Universal de Derechos Humanos, el Comité Jurídico Interamericano propuso que se incluyera el derecho a la libertad de prensa.
En alguna sala se habría quedado el papel que habría servido para reforzar los cimientos del frágil castillo de cartas sobre el que se sostiene el mejor oficio del mundo.
Alguien habrá pensado que no era necesario porque ya se había aceptado incluir la libertad de expresión, o, en un ánimo de simplificar para fortalecer lo que ya se tenía, se pudo haber quedado fuera, o incluso se pudo argumentar que era necesario consolidar cierto apoyo.
Se puede especular sobre por qué quedó fuera, pero lo cierto es que al final esta propuesta no se incluyó en el documento. La historia también se construye con las oportunidades perdidas.
Aunque lo que se tiene tampoco es lo peor. No fue una victoria menor el haber logrado que 48 países aprobaran la declaración. Tan sólo ocho se abstuvieron y ninguno votó en contra.
Ese es el legado que mantenemos hasta ahora, y como sólo se puede construir con lo que se tiene, bien vale la pena recordar el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos como fue adoptada en 1948.
“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.
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