Supe de Miguel Mancera Aguayo mucho antes de conocerlo en persona; lo conocí hasta que entré a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Su nombre aparecía asociado a las discusiones que verdaderamente importaban: el tipo de cambio, la balanza de pagos, la deuda pública, la inflación y la independencia del banco central. Uno aprendía pronto que había una diferencia entre quienes hablaban de política monetaria y quien la hacía con las manos. Mancera pertenecía a ese segundo grupo, y lo hacía sin levantar la voz. Cuando por fin lo escuché, me impresionó precisamente eso: hablaba tan bajo que la audiencia entera se acomodaba a su volumen para no perder palabra. No al revés. Esa imagen me acompañó desde entonces: una autoridad que nacía del juicio, no del cargo.
Murió el 10 de agosto de 2026, a los 93 años. Nació en la Ciudad de México el 18 de diciembre de 1932, estudió economía en el ITAM y la maestría en Yale, e ingresó al Banco de México en 1957. Ahí se quedó el resto de su vida profesional. Pocos economistas mexicanos pueden decir que su biografía y la de una institución se confunden. La suya se confunde con la historia del Banco de México de fines del siglo XX e inicios del XXI.
Los informes anuales como escuela
Para mi generación, los informes anuales de Banxico fueron un texto de formación. No eran documentos de propaganda. Eran análisis serios que el Lic. Mancera supervisaba personalmente. Se leían y estudiaban para entender qué había pasado con la economía mexicana y por qué, con un rigor y una sobriedad que hoy se echan de menos. Detrás de esa prosa medida estaba una manera de concebir el oficio: la del funcionario que rinde cuentas explicando, sin adornos. Se aprendía economía leyéndolos, y se aprendía algo más difícil de enseñar, que es el respeto por los hechos.
1982: la congruencia como acto de gobierno
El episodio que define a Mancera, porque es el corazón de su figura, ocurrió el 1 de septiembre de 1982. Ese día, el presidente José López Portillo anunció la expropiación de la banca comercial. La llamó "nacionalización", pero el término era forzado: los bancos ya eran de mexicanos. No se rescataba nada de manos extranjeras. Se transfería, por decreto y con control de cambios, la propiedad privada de mexicanos al Estado. La investigadora Soledad Loaeza, de El Colegio de México, ha documentado sus consecuencias políticas: una decisión unilateral, tomada en circunstancias de angustia e incertidumbre, que rompió la vieja alianza entre el Estado y el sector privado.
Mancera era entonces director general del Banco de México. No se prestó a administrar la medida y dejó el cargo. En un país acostumbrado a que la lealtad al presidente pesara más que la convicción, aquello fue insólito: un funcionario que renunciaba no por un escándalo ni por una intriga, sino porque no podía sostener con sus actos lo que no sostenía con su juicio. No fue rebeldía. Fue congruencia entre lo que se piensa y lo que se hace, que en el servicio público mexicano ha sido siempre la virtud más escasa y la más costosa.
El tiempo terminó por confirmar la relevancia de su juicio. Quien lo sustituyó al frente del banco tomó decisiones que agravaron la crisis, y apenas unos meses después, ya con Miguel de la Madrid en la Presidencia, Mancera fue llamado de vuelta a dirigir la institución. Regresó no como quien cobra una revancha, sino como quien acepta reparar.
Reconstruir lo dañado
Lo que siguió fue una tarea menos vistosa que la renuncia y más difícil: reconstruir. Había que sanear una banca estatizada, restablecer la confianza y resolver un problema que amenazaba con estrangular a las empresas mexicanas: la devaluación volvió impagable su deuda contraída en dólares. La respuesta fue el Ficorca, el Fideicomiso para la Cobertura de Riesgos Cambiarios, creado en 1983 y encomendado a un joven Ernesto Zedillo. El mecanismo permitió que los particulares pagaran a sus acreedores extranjeros en condiciones ordenadas, evitando una cadena de quiebras. Fue ingeniería financiera al servicio del país: discreta, eficaz y orientada a resolver.
El carácter como método
Quien trató a Mancera coincide en el retrato. Prudente. La voz baja no era timidez sino economía de la palabra: decía lo necesario y callaba lo demás. Redactaba con el Diccionario de la RAE a la mano, porque sabía que la precisión de las palabras también es una forma de responsabilidad pública. Era austero sin hacerlo bandera; disciplinado sin ostentarlo; deliberadamente ajeno a los reflectores. Su saber estaba al servicio del buen juicio, no de sí mismo. Y tenía una cualidad rara entre quienes han ejercido poder: preguntaba con tacto. Sabía interrogar sin humillar, corregir sin herir, exigir sin gritar.
Hay una anécdota que lo resume mejor que cualquier adjetivo. ¿Qué hacía el Lic. Mancera, conocido como Waxman dentro de Banxico, con sus trajes viejos? Se los seguía poniendo. Y cuando finalmente dejaba de ponérselos, se los regalaba a sus hijos. En un gremio donde la ostentación suele confundirse con el éxito, aquel hombre que gobernó al banco central de una nación cuidaba sus trajes como cuidaba el erario: sin desperdicio, sin vanidad, con la convicción de que las cosas valiosas se conservan.
Los discursos de la Convención Bancaria
Sus intervenciones en la Convención Bancaria eran esperadas. Eran memorables por el contenido y los anexos estadísticos: fijaban una posición, explicaban una idea y dejaban material para pensar. La comparación con muchos discursos actuales no busca la nostalgia, sino recordar que la palabra pública puede aspirar a más cuando se apoya en rigor, datos y sentido institucional.
Formador de cuadros y de equipos
Ningún legado es más elocuente que la gente que uno deja. Mancera formó cuadros que después condujeron la economía mexicana: Ernesto Zedillo, Guillermo Ortiz, Agustín Carstens, Carlos Ruiz Sacristán, y muchos más. Pero no formó sólo carreras; formó una manera de entender el servicio público. Quienes pasaron por su escuela aprendieron que la técnica sin carácter no basta y que la lealtad más importante no es a una persona, sino a la institución. También formó equipos de excelencia dentro del banco —Fernando Borja, Roberto del Cueto, Germán Fernández Aguirre, Jesús Marcos, Sergio Ghigliazza, por citar sólo a algunos—, de primer nivel técnico y de una disciplina institucional que todavía se reconoce. Enseñar es multiplicarse; Mancera se multiplicó.
La obra que lo sobrevive: la autonomía
Si hubiera que señalar una sola obra por la que México le debe gratitud duradera, sería la autonomía del Banco de México. Es uno de los diseños institucionales más sólidos del Estado mexicano. Descansa en dos pilares: un sustento constitucional en el artículo 28 y una Ley del Banco de México que lo desarrolla. La reforma se aprobó en 1993 y entró en vigor el 1 de abril de 1994, cuando Mancera se convirtió en el primer gobernador del banco autónomo.
La clave de ese diseño es una autonomía plena en el sentido que más importa: no hay autoridad que pueda ordenarle al banco central financiar al gobierno ni sus proyectos. Quien entienda lo que Mancera vivió en 1982 entenderá por qué eso era personal. Construyó, para los que vinieran después, la coraza institucional que a él le habría evitado el dilema entre su conciencia y su cargo. Transformó una experiencia moral en arquitectura institucional: hizo que la virtud no dependiera de la virtud de una sola persona.
Servicio profesional, no improvisación
La vida de Mancera es, quizá, el ejemplo más claro de una verdad que el Estado mexicano suele olvidar: las responsabilidades más delicadas que se le confían no admiten improvisación. Conducir la moneda, cuidar el crédito público, sostener la confianza de una nación son funciones que exigen los más altos estándares de formación y preparación académica, experiencia probada y una ética a toda prueba. No son cargos para pagar lealtades ni para aprender sobre la marcha. Mancera llegó a las decisiones más difíciles no por cercanía personal, sino por competencia acreditada a lo largo de décadas.
El servicio público profesional no es un lujo administrativo: es la condición para que las funciones más sensibles del Estado se ejerzan bien. Y es, en particular, condición necesaria de la propia autonomía. No hay cabida para la autonomía si no se cuenta con las personas capaces y competentes para hacerla realidad: ninguna institución, por sólido que sea su diseño, cobra vida sin el capital humano que la sostiene. La autonomía del banco central sería letra muerta sin cuadros a su altura; por eso importa tanto de dónde vienen, cómo se forman y con qué valores llegan quienes habrán de servir.
Despedida
Miguel Mancera Aguayo se fue como vivió, con sobriedad. Deja una moneda con reglas, una institución con prestigio, discípulos en los puestos que importan y un ejemplo exigente para quienes confunden el poder con el ruido. Quienes lo conocimos, aunque fuera primero a la distancia de un estudiante que lo leía y después como servidor público con él en mesas de decisión, sabemos que México no abunda en personas así. En lo personal, me queda la gratitud de haber visto de cerca una forma de autoridad que no dependía del cargo, sino del carácter. Y su mejor epitafio no lo escribiremos nosotros: lo escribe, cada vez que decide sin que nadie pueda ordenarle lo contrario, el Banco de México que él hizo autónomo.
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