...

Información para decidir con libertad

La academia, sus trampas y sus males

México es una especie de sistema solar donde coexisten diversos planetas, satélites, asteroides y otros cuerpos menores, cada uno con sus particularidades y sin mayor interacción.

Uno lo forman los gobiernos en turno. Otro, las oposiciones partidistas. Le siguen los medios (y sus taquígrafos) financiados por el dinero público. Luego vienen los pocos que hacen periodismo independiente y batallan para sobrevivir. Y, finalmente, arrinconados donde quepan, en las redes sociales, las revistas especializadas y uno que otro espacio en la prensa, los opinantes y académicos de café cuyo leit motiv es atender la frase del argot universitario: publish or perish, si no publicas, mueres.

Estos últimos son rápidamente reconocibles porque empiezan sus textos con un “según la evidencia”, “los datos muestran”, “los hallazgos de mi libro X”, “nuestra hipótesis sostiene…”, “un análisis empírico de…” y así hasta el infinito.

Van a cientos de congresos donde presentan la misma ponencia de 3 mil palabras con 6 mil citas; si son de tropa, solo imparten la conferencia a la hora de la siesta ante poco público y luego suben un post en X; si son más conocidos, con suerte hacen algo en formato TEDx o en el pódcast de moda; si son del SNI dan entrevistas a La Voz de Zirahuén o Radio Chiapas, para después incluirlas en las evaluaciones anuales de sus llamados “pares”, y si son propagandistas están listos para defender urbi et orbi al llamado narcogobierno. El denominador común, sin embargo, es que tienen muy escasa influencia pública concreta.

Miran acuciosos la versión gratuita de Google Scholar o Academia a ver si los citan; si no, le piden a algún amigo que lo haga a cambio de devolverle el servicio, y, en el peor de los casos, se citan a sí mismos en sus propios papers. Citas, por cierto, que rara vez reflejan una aportación innovadora y con valor que genere conocimiento útil, medible, rentable y con impacto.

Recuérdese el caso del español Juan Manuel Corchado que, según información creíble (El País, 04/25/24), se dedicó por años a inflar su currículum y hacer trampas en sus artículos y ponencias en congresos, como el resumen de dos páginas de una conferencia que dio en la India donde se citó a sí mismo 200 veces. Mas tarde, oh Dios, Corchado fue nombrado Rector de la Universidad de Salamanca.

Desde luego, estas no son prácticas habituales solo en algunos países periféricos. Hace semanas estalló un bochornoso escándalo en la sacrosanta universidad de Cambridge donde una de sus estrellas woke, Jason Arday, fue prácticamente orillado a dimitir tras haberse conocido que sus escritos estaban llenos de textos plagiados -nada nuevo en México- y que las historias que contaba sobre su vida eran una cadena de deshonestidad, charlatanería y mentiras de tomo a lomo. Fue tal su crisis que días más tarde se suicidó. Lo más irónico -escribió Alejo Schapire, un periodista- “es que el software de detección utilizado por The Times sugirió que la carta de renuncia de Arday había sido redactada con inteligencia artificial”.

En cierto modo, su muerte fue inevitable pero no inoportuna; de no ocurrir, su final habría sido la defenestración académica y, quizá, algún tipo de responsabilidad legal.

Finalmente, si eso pasa en un país serio como Gran Bretaña, imaginémoslo en el lamentable México actual. Sería oportuno, por tanto, que la academia mexicana hiciera una reflexión decente, honesta, rigurosa y autocrítica de sus muchas taras para que cumpla con una de sus obligaciones éticas centrales: aportar cierta luz para salir de la oscuridad.

Recomendar Nota

Facebook
X / Twitter
WhatsApp