Paulina López González
Llego a ver La dignidad del insecto con una vaga idea de qué va. La sinopsis dice que se trata de una científica que le cuenta a su hija sobre los insectos, sus formas de cooperar y cuidar de la Tierra, y cómo encontrar esperanza frente a la crisis climática. A partir de mi lectura de Niñapájaroglaciar, el libro de Mariana Matija que desde la ternura me invitó a cuestionar el antropocentrismo en el que estoy inmersa, estoy tratando de desaprender mi reflejo automático de disgusto y dominación frente a los insectos. Me imagino que saldré del teatro sabiendo muchos datos nuevos e interesantes sobre estos seres, lo que alimentará mi deseo de seguir por este camino.
La obra sí logra que siga cuestionando mi antropocentrismo, pero no de la forma racional y analítica que yo imaginaba. La dignidad del insecto (creada por Viridiana Lizardo, Nara Pech y Hebzoariba H. Gómez) es una cariñosa invitación a dignificar lo pequeño. Esto incluye, por supuesto, a los insectos, pero también a los pequeños actos de resistencia frente a las diversas crisis que nos atraviesan y a nuestra propia pequeñez en el inmenso mundo que habitamos.
Heb, la protagonista (interpretada por la propia Gómez), escucha el archivo que dejó la entomóloga Eréndira Lizardo Espinosa. Este archivo, que consta de diversas grabaciones de voz (a cargo de Nara Pech), incluye información científica sobre los insectos, frustraciones ante la forma convencional de hacer investigación —que en muchos casos incluye matar— y cartas a su hija. A partir de estas grabaciones, acompañamos a Heb en su metamorfosis. Ella nos comparte su fascinación por las cigarras, su preocupación por la crisis climática y el camino que recorre para abrazar su propia pequeñez.
La puesta en escena utiliza diversos recursos sensoriales. Mientras escuchamos las grabaciones de Eréndira, en escena vemos a Heb jugar con sus manos y con las sombras. Imita las formas, movimientos y hasta sonidos de los insectos. En una escena, se despliega un acordeón de papel con texturas y formas de insectos, a los que Heb apunta una linterna para proyectar patrones en la pared. En otro momento, gesticula con su mano, haciendo círculos hacia atrás con sorprendente rapidez, para simular el acto de rebobinar un cassette.
La corporalidad y los movimientos de Gómez son centrales en la obra. Su vulnerabilidad transmite y contagia las emociones que nos comparte Heb a lo largo de la puesta. De ahí viene el poder de esta obra. No impone nada. No nos regaña, ni dicta qué debemos pensar, ni nos avergüenza por haber pisado una cucaracha. La obra apuesta por compartir y contagiar el asombro de lo pequeño, y confía en que eso bastará.
El asombro se extendió hasta después de terminada la obra, cuando la producción nos invitó a acercarnos al escenario para ver de cerca todos los elementos de la escenografía y utilería. La mayor parte del público aceptó la invitación, recorriendo con curiosidad las mesas y observando sus contenidos: una caja entomológica, el acordeón de papel que vimos proyectado, un cuaderno de notas, un libro con una keffiyeh palestina doblada adentro, una cigarra cuyas alas parecen hechas a partir de una botella de plástico.
En un momento de la obra, Heb se pregunta: “¿Cómo quiero arreglar la crisis climática con una obra? ¿Con un gesto?”. Sé que la obra no va a arreglar, por sí sola, la crisis climática, pero me voy convencida de que ese pequeño gesto reverbera de forma desproporcionada, como el sonido de las cigarras.
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La dignidad del insecto se presenta en el Teatro Santa Catarina (Plaza Santa Catarina, Coyoacán) hasta el 29 de agosto, con funciones los jueves y viernes 20 h, sábados 17 h y domingos 18 h.
*Paulina López. Amante del teatro con más de diez años de experiencia como espectadora. Creadora del club de espectadores “Teatreres en la butaca”.
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