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Información para decidir con libertad

Cuando al mago se le acabaron los trucos

El pueblo dejó de mirar el sombrero y comenzó a mirar las manos vacías del poder

Todo autoritarismo recurre a trucos de magia. Si bien éstos rompen con el pensamiento crítico y la verdad, el mago se presenta como un ser benévolo que promete soluciones fáciles. Imaginemos un escenario:

En el primer acto, el mago promete lo imposible: todo para todos, gratis y sin esfuerzo. Como no sabe crear riqueza, reparte la que existe. Devora fondos y reservas, endeuda al país, expropia y cancela. El público aplaude, hay magia y hay fiesta. En el segundo acto, los recursos ajenos escasean. Regresa la inflación, el crecimiento se estanca, violencia e inseguridad florecen. El mago necesita crear nuevas ilusiones. Saca a un viejo conejo de la chistera: el enemigo del pueblo: "No es que mi transformación falle, es el pasado”. El truco ya no es prometer sino culpar a los emisarios del pasado. Funciona. El pueblo es un cliente cautivo que culpa al que no le dio. En el tercer acto, el que estamos viviendo en México y en buena parte del mundo, se acaba la función. Las necesidades no entienden de trucos. No hay resultados. En buen inglés, una fase brutal lo resume: no hay “capacity to deliver”. No hay capacidad para entregar lo prometido.

Es aquí donde democracia liberal y autocracia se bifurcan de forma irreversible. En una democracia liberal se puede expresar, con autocrítica, autocorrección y rendición de cuentas: “Me equivoqué y debo corregir el rumbo”. Es lo que Karl Popper llamaba ingeniería social fragmentaria: ensayo y error, instituciones que corrigen el rumbo y limitan el poder con pesos y contrapesos. En la autocracia, en contraste, no se reconocen errores. Si se prometió el paraíso, no se puede confesar que no se puede llegar a él porque su mito fundacional se derrumba. Se radicaliza y no rinde cuentas.  Este es el momento más peligroso para la libertad y, paradójicamente, el más revelador. Es ahí donde el nuevo régimen comete su traición más sofisticada, esa que Isaiah Berlin advirtió en 1958.

Berlin nos enseñó a distinguir dos libertades:  i) la libertad negativa, aquella que protege al ciudadano del poder del Estado. Libertad de que puedas expresar tu opinión y no te censuren, libertad de credos, libertad de conciencia, libertad de asociación y; ii) la libertad positiva, la promesa de tu realización como ser humano. La autocracia moderna ensayó el truco de abusar de ambas libertades. Abusó de las libertades negativas de la democracia liberal para llegar al poder: la libertad de expresión para desinformar, la libertad de prensa para victimizarse, la libertad electoral para asaltar el Poder Legislativo. Ya en el poder, desbarató los mecanismos de pesos y contrapesos de la República. Utilizó la libertad positiva para escalar, secuestró su lenguaje y prometió una libertad superior que liberara al ciudadano del “yugo neoliberal”. Y sentenció: “Si tú te niegas a aceptar esta liberación superior, entonces no eres un ciudadano crítico, eres un traidor a la patria”.

Sin trucos, el ardid no se sostiene con narrativas. Después del tercer escenario, el fin de la ilusión abre las puertas a la coerción. Es aquí donde reside la esperanza popperiana: la coerción no es señal de fuerza sino confesión de debilidad. La democracia liberal fue traicionada por la clase política, los partidos, los empresarios y los intelectuales. Cuando al mago no asombra a nadie, sólo le queda sembrar el miedo y la represión. Cuando a los ciudadanos se les acaba el miedo, les queda el camino de restaurar libertad y democracia.

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