“La vida única bajo el Imperio de la Ley es una estabilidad arduamente conquistada que garantiza la independencia y el espacio a cada ciudadano”
Alexander Solzhenitzyn, Premio Nobel de Literatura
Durante años, la oposición en México cometió el mismo error de análisis. Miraba la economía esperando el colapso final. Decía: ya verán cuando caiga la bolsa de valores y se devalúe el tipo de cambio, se nacionalicen los bancos y se expropien industrias, huyan los capitales y quiebre el sistema financiero. Y como esto no pasaba, parecía que la implantación de un nuevo régimen era imposible. La democracia liberal era invencible.
No entendimos nada. El obradorismo nunca quiso tirar el sistema financiero ni cancelar concesiones. Esta es una lectura ingenua y peligrosa. Con más astucia sabían que, si tumbaba la economía de mercado, sus días estarían contados. Su misil iba dirigido en otra dirección, al cerebro que protege las democracias liberales por medio de reglas comunitarias estables, justas y transparentes que obligan incluso a las élites más poderosas de una nación: el Imperio de la Ley (Rule of Law). El verdadero Estado de derecho no es simplemente “el uso de leyes para gobernar, sino una estructura donde el propio soberano está limitado por la ley”, nos dice Francis Fukuyama.
El Imperio de la Ley era el enemigo para destronar. No los empresarios, no los banqueros. El obradorismo entendió una verdad que la democracia liberal olvidó: ésta no se sostiene por el PIB y la estabilidad económica, sino por una viga maestra que se llama Imperio de la Ley. Si quiebras esta viga, todo lo demás -mercado, prensa, elecciones, propiedad privada- se derrumban solos sin necesidad de fuerza bruta. A partir de ello, las libertades son conculcables: se pueden pisotear. Su asalto fue quirúrgico, no a los OXXO o a los SAMS sino a la Suprema Corte, sus tribunales y sus juzgados. Incólumes quedaron concesiones y contratos, mientras se desmantelaba la Constitución. Es la genialidad perversa del autoritarismo del siglo XXI, practicado también por Orban, Maduro y Putin.
El asalto tuvo tres golpes certeros. El primero fue a la independencia judicial. Los ingenuos esperaban que la Corte fuera cerrada con cadenas. No fue así. La colonizaron, inundaron de incondicionales, intimidaron desde el púlpito presidencial, recortaron su presupuesto y desmantelaron la carrera judicial. No cancelaron a los jueces, pero los volvieron “de consigna”, irrelevantes y temerosos. El juez que absuelve o condena, culpa o inculpa es más útil para el Estado. El segundo fue al principio sagrado del Imperio de la Ley. En una democracia liberal, la ley es ciega y rige para todos. En la autocracia, la ley deja de ser un escudo protector de la democracia y la libertad y se convierte en arma selectiva. Se inaugura la máxima jacobina: para mis amigos perdón y gracia, para mis enemigos, todo el peso de la ley. La ley ya no protege del poder y el poder amenaza con la ley. El tercer golpe fue terminar con la certeza jurídica. Con ésta, lo que es legal hoy, será ilegal mañana. Esto hace posible planear, invertir, ahorrar, la libre expresión de las ideas y su publicidad. El autoritarismo cambia las reglas del juego cualquier día. Cuando hay incertidumbre sobre concesiones, contratos, cuando el amparo es imposible ganarlo, nadie se mueve. El efecto paralizante (“chilling effect”) es más práctico y resolutivo.
Recordemos a Solzhenitsyn: sólo bajo el Imperio de la Ley estabilidad, independencia y libertad son posibles. Nos lo dice quien sufrió una brutal dictadura.
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