En su reciente Informe de Gobierno, la presidenta Sheinbaum decidió tratar la desaparición de personas como un asunto de registros y gestiones administrativas. Como si la tragedia pudiera administrarse mejor quitando el rostro y enterrando la vergüenza, dejó fuera a las madres y familias que recorren el país escarbando la tierra y enfrentando el riesgo de volverse blanco por buscar lo que el Estado no ha podido encontrar.
Así como López Obrador se cuidó de no dejar imágenes suyas en escenas de desastres naturales o reunido con grupos de víctimas, ahora -frente a una crisis de desapariciones cuya dimensión ni siquiera puede establecerse con certeza-, Sheinbaum parece haber decidido que, además de jugar a cambiar el sentido de las palabras, también quiere administrar la memoria. Su propia política de la memoria.
Recordar la novela de Kazuo Ishiguro El gigante enterrado fue inmediato: la niebla cubre a una sociedad y le permite olvidar su pasado. No se trata simplemente de una pérdida de memoria individual: el autor explora qué ocurre cuando una comunidad entera olvida aquello que resulta demasiado doloroso para recordar. Años antes de escribirla, se preguntaba cuándo una sociedad debe recordar, cuándo puede permitirse olvidar y qué consecuencias tiene esa decisión para la justicia.
Ishiguro ha planteado una pregunta todavía más perturbadora: ¿quién controla la memoria de una sociedad, quién la moviliza y con qué fines? Para él, la memoria colectiva no es neutral. Se construye a través de la historia oficial, los relatos públicos, los monumentos, la literatura y, finalmente, de aquello que una sociedad decide mantener presente o dejar fuera de su conciencia.
Por eso inquieta la ausencia de las madres y familias buscadoras en el relato oficial. Porque la construcción de la memoria de un país no debiera pertenecer solo a sus gobernantes, sino también a quienes padecen las consecuencias de su actos y omisiones. Por eso es indispensable conocer y difundir el esfuerzo permanente de Data Cívica y su último informe: https://datacivica.org/a-quienes-nos-faltan-2026/?utm_source=chatgpt.com.
Al escribir su versión de la historia, la presidenta seleccionó los asuntos que merecen ocupar el centro de su relato y dejó a un lado los que le incomodan. Pero cambiar el sentido de las palabras, nublar la verdad y enterrar la vergüenza no elimina la realidad. Bajo la tierra permanecen las muertes, las desapariciones, las fosas, las familias que buscan y la deuda de justicia.
Kazuo Ishiguro, Premio Nobel de Literatura 2017, construyó su novela alrededor de una pregunta que México debería hacerse hoy con absoluta seriedad: ¿qué ocurre cuando una sociedad decide que es más cómodo olvidar que recordar?
La respuesta de El gigante enterrado es incómoda: pretender construir una paz sobre el olvido puede resultar contraproducente. Porque cuando se entierra la memoria para no enfrentar la culpa, también se entierra la posibilidad de comprender, de reparar y, sobre todo, de hacer justicia.
Las madres y familias buscadoras son precisamente aquello que la niebla no ha conseguido borrar, son quienes se niegan a dejar enterrado al gigante.
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