Supongamos que alguien percibe que tiene calentura, para poder corroborarlo es necesario tomar la temperatura con un termómetro para actuar en consecuencia. Ahora pensemos que esta fase ya ocurrió, pero al momento de saber el resultado no hacemos nada, aun cuando obtenemos un resultado que ameritaría tomar algún medicamento. Eso es, en el fondo, lo que ha hecho México con su sistema educativo en los últimos años.
Hace apenas un par de días se difundieron los resultados de la prueba PISA, la evaluación que aplican cada tres años los países miembros de la OCDE a estudiantes de 15 años para medir sus habilidades en matemáticas, lectura y ciencias. No mide si memorizaron una fórmula, sino si pueden usar esos conocimientos para resolver problemas de la vida cotidiana. Es, en la práctica, el único termómetro objetivo y verificable que tenemos para saber si el sistema educativo avanza o retrocede.
Los resultados no son halagüeños. Obtuvimos 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias, muy por debajo de los promedios de la OCDE (463, 461 y 482, respectivamente), y se ubicó en el lugar 37 de 38 países de la organización en ciencias y en lectura, el penúltimo. Aun cuando debe tomarse en cuenta el factor pandemia de hace algunos años, no debemos perder de vista que estamos inmersos, desde mi punto de vista, en un proceso profundo de cambio regresivo en la educación básica en nuestro país.
La Nueva Escuela Mexicana es el proyecto educativo que impulsó López Obrador, cuyas deficiencias técnicas han quedado ampliamente evidenciadas. Como muestra de ello un botón: los libros de texto gratuitos se elaboraron antes que los propios planes y programas de estudio de los que debían derivarse.
La actual presidencia hizo ya un cierto corte de caja. En la parte más visible, con la salida de Marx Arriaga, el operador central de este proyecto. Hace apenas unos días, en su Segundo Informe de Gobierno, la mandataria anunció que para 2027 regresarán libros separados de Historia, Matemáticas y Lectoescritura, un reconocimiento tardío de que concentrar todo en un solo material no funcionaba.
Pero el hito más preocupante, quizás, no es ese, sino que hemos perdido la posibilidad de tener evaluaciones propias y serias en México. El Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación desapareció desde 2019, sustituido por la Comisión Nacional para la Mejora Continua de la Educación, que a su vez fue extinguida por decreto en diciembre de 2024, con sus funciones supuestamente absorbidas por la propia Secretaría de Educación Pública, el evaluado y el evaluador en un mismo saco. El año pasado se borraron de internet los sitios de ambos organismos, y con ellos, veintidós años de indicadores educativos del país.
Rompimos el termómetro y seguimos fingiendo que no tenemos temperatura. Estos resultados no pueden quedarse en una nota más del ciclo noticioso. Si no provocan una sacudida real en la conciencia de quienes deciden la política educativa del país, si no se traducen en un cambio de fondo y no solo en guiños cosméticos, entonces habremos desperdiciado la última alarma seria que nos queda antes de perder, de plano, a una generación entera.
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