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ENSAYO: Borges y sus precursores

Pablo Mario Echegoyen

Hace 75 años apareció, en las páginas de La Nación, “Kafka y sus precursores”. Se recogería, un año más tarde, en el primer compendio mayor de ensayos de Jorge Luis Borges: Otras inquisiciones. Para entonces, Edwin Williamson cuenta que el argentino se encontraba en una más de sus decepciones amorosas (prendado esta vez de Estela Canto, quien se resistía al matrimonio o a la unión formal y estable que él deseaba); Ficciones, en tanto, recién venía de traducirse  al francés, introduciendo a Borges en el gran circuito literario europeo.

En aquel ensayo, Borges cifra algunos de los referentes en los que cree encontrar la “idiosincracia” de Franz Kafka. Los llama sus precursores; y, entre ellos, enumera a Zenón de Elea; un cierto Han Yu —prosista chino del siglo IX—, Sören Kierkeegard, Léon Bloy, Lord Dunsany y Robert Browning… Me pregunto, sin embargo, si alguien se ha dado ya a la tarea de reparar en los precursores del fatal procedimiento que puebla las primeras páginas de “El Aleph”, último relato del libro homónimo.

Que el aleph, ese “punto que contiene todos los puntos del universo”, sea un cuento cuyo tema es el infinito es una verdad a medias; porque, si bien en ese punto se encuentran enunciados tanto todos los lugares como todos los instantes del mundo, el relato comienza con la muerte atroz de Beatriz Viterbo. Y que se me diga si hay  algo más contrario al infinito que la muerte misma; su aparición se ciñe siempre a las contingencias humanas: a tal o cual lugar, a tal o cual instante. Lo que me interesa, no obstante, es la oración que sigue a la mención de esta muerte: “noté que las carteleras de fierro de Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita”

La frase —sobra decirlo— es perfecta. Combina la profunda congoja personal que sigue a la pérdida de un ser querido con la indiferencia mostrada por el mundo. Todos nos afanamos en creer que el planeta detiene su marcha cuando perdemos a alguien; de a poco, nos percatamos de que ningún comercio ha cerrado sus puertas, ningún niño ha abandonado el juego y ningún músico ha dejado de cantar. Las cuerdas de Borges que —se afirma a menudo— carecen casi siempre de resonancia emocional, en este caso alcanzan notas de altísima humanidad. El argumento de Borges es profundo, sin lugar a dudas; pero de ninguna manera original: su procedimiento bien puede remontarse unos años atrás.

Borges jamás ocultó su admiración por Thomas De Quincey; y, sin embargo, resulta extraño que, pese a las recurrentes menciones, no existe texto en Borges sobre él. Pero la invocación a la que me refiero se puede constatar en unas de sus prosas tempranas del opiómano de Manchester. Se trata de un artículo publicado en 1823 en las páginas de la London Magazine (“Sobre los golpes a la puerta en Macbeth”); en él, De Quincey dirime un asunto sobre el que habían tropezado generaciones de exégetas de Macbeth: el significado de los golpes que resuenan en el castillo tras el asesinato de Duncan, perpetrado por Macbeth y Lady Macbeth, en el tercer acto de la obra. 

He aquí la explicación de De Quincey: el tañido de las puertas es sólo comparable al suspiro que prosigue al desmayo de una esposa o hermana, o en todo caso a la reanudación sonora de las calles tras el alejamiento de un cortejo fúnebre. Se trata siempre de una reanudación que encabalga la suspensión que comporta un hecho trágico. De modo que concluye: “se escuchan los golpes a la puerta; y se hace evidentemente audible que la reacción ha comenzado: lo humano ha causado su reflujo sobre lo malvado; los pulsos de la vida comienzan a latir de nuevo; y el restablecimiento de las andanzas del mundo en el cual vivimos, nos hace profundamente sensibles del poderoso paréntesis que las había suspendido”. 

Contrario a Chesterton, cuya influencia en Borges es harto verificable, la influencia de De Quincey se limita a esto: acaso un guiño, una conversación entre autores, donde el autor X parece prefigurar la obra de Y. En aquel ensayo que mencioné al principio, Borges anotaba casi a manera de presagio: “cada escritor crea a sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro”. Eso es lo que acometió frente a De Quincey. ¡Vaya historia leída hacia atrás!

*Pablo Mario Echegoyen. Jesuita y torero. Vive en el País Vasco. 

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