Qué felicidad da una fiesta mexicana que cuida hasta el último detalle. Mi familia armó un fiestón. Mesas de diez personas acomodando a 14, pozole, banderas, todos nosotros en trajes típicos, música y pantallas. Hubo suficiente patriotismo ahí para exportar.
Pero solo faltaba una cosa importante. Ver el Grito. Ese era el motivo. Tampoco es que necesitáramos más pretextos para reunirnos.
Curiosamente, nadie tenía ganas. Me lanzaron mil pretextos.
“No lo veo desde 2018 cuando ganó El Corrupto”.
“No me interesa aplaudir y festejar a La Suplente”.
Y alguien por fin dijo eso de “Pinche gente, se adueñaron del país”
Yo insistí un poco basándome en eso. No es por quien saldría al balcón. Mucho menos por quien gobierna. Insistí porque para mí el Grito siempre ha sido importante. Es uno de esos rituales que sobreviven a las personas, a los gobiernos y por suerte, también a los malos gobiernos.
Mi papá me enseñó que el Himno Nacional se escucha y se canta de pie. Con educación. Sin seguir conversando, sin aprovechar para servirse otro tequila, sin bailar y sin hacerse como que no pasa nada. No porque el presidente en turno lo merezca, sino porque el Himno no es suyo.
Y la bandera tampoco.
Ni México. Todo es nuestro.
Así que conseguí que sintonizaran la transmisión del Zócalo.
Ahí estaba La Suplente vestida de negro y flores. Era difícil encontrar una metáfora más puntual para su sexenio y para el legado recibido de su predecesor. El luto disfrazado de color, así como el cáncer terminal se disfraza de “échale ganas”. Salió al balcón sin ánimo, débil, apenas logrando cargar el lábaro patrio, como quien sabe que eso no es lo suyo. Entonces ondeó como pudo la bandera, gritó sus arengas con su poca voz y cumplió apenas con el ritual nacional.
Y entonces estuve segura de algo que hemos olvidado durante estos años de apropiaciones.
México no son ellos.
Somos todos.
No es el partido. No es el movimiento. No es el balcón de Palacio Nacional. No son las vallas, ni los invitados, ni quienes deciden quién entra y quién no a una plaza, para garantizar que el escenario tenga la cantidad adecuada de entusiasmo y la ausencia conveniente de abucheos.
México tampoco empezó en 2018 como la narrativa Transformadora insiste.
Estaba antes.
Estaba en nuestros padres enseñándonos a ponernos de pie para escuchar el Himno. En las familias que sacan una bandera guardada durante 11 meses. En el pozole que alcanza para veinte aunque hayan invitado a doce. En los hombres vestidos de charros, en las mujeres con trenzas y listones, en la tía que todavía nos quiere corregir la letra del Himno porque se sabe las 10 estrofas y en el primo que por culpa del tequila, se equivoca todos los años exactamente en el mismo párrafo.
Ahí está el corazón del país. En nosotros. En nuestros niños gritando “¡Viva México!”
También está en el enojo que tenemos ante la corrupción y la impunidad en la que viven.
Y se nos olvida que los gobiernos tienen fecha de caducidad. Son temporales. Y nosotros aquí seguiremos.
Por eso resulta tan insulsa esa obsesión del régimen por apropiarse de los símbolos nacionales, por repartir certificados de patriotismo, por decidir quién ama lo suficiente a México y quién merece ser señalado como enemigo, conservador, traidor o adversario.
Y sí, el gobierno puede controlar una plaza pública.
Puede seleccionar invitados, colocar vallas, administrar aplausos y construir una ceremonia impecable para las cámaras.
Lo que no puede hacer es escriturarse la patria para sí mismo. Y nosotros no podemos cederles las celebraciones que nos quedan, por más enojados o tristes que estemos.
Yo no quería ver a La Suplente. Ella es parte de algo que ya se desmorona. Y lo sabe.
Quería ver una conmemoración que es mía también.
Porque los presidentes pasan. Los partidos desaparecen. Los movimientos envejecen. Y las oficinas cambian de inquilino.
Nosotros aquí estaremos.
Y La Suplente puede quedarse con el balcón.
Porque nuestro México bello y grandioso, no cabe ahí.
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