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Y después de la marcha... ¿Qué?

Culiacán, Sin.- De acuerdo con diversas estimaciones, la marcha del pasado domingo 13 reunió a más de 50 mil personas provenientes de distintos municipios, entre ellos Navolato y Mazatlán, además de Culiacán y sus alrededores.

La movilización transcurrió de manera ordenada y contó con la participación de miles de familias: niñas y niños, jóvenes, mujeres y adultos mayores.

La multitud compartió una misma demanda: recuperar la paz y la tranquilidad para poder salir a las calles con confianza, trabajar sin temor y volver a convivir en armonía.

El encuentro concluyó en un ambiente de profunda emoción y esperanza.

La marcha “Ponte de Pie” dejó un mensaje claro: frente al dolor y la violencia, la sociedad sinaloense está dispuesta a levantarse, recuperar la esperanza y trabajar unida por un Culiacán y un Sinaloa en paz.

Pero después de la marcha surge inevitablemente una pregunta: ¿y después, qué?

La movilización fue una manifestación de desesperación, molestia y hartazgo. Un grito de “¡Ya basta!” ante dos años de violencia que han cambiado la vida de una ciudad cercana al millón de habitantes.

Pero una marcha, por multitudinaria que sea, no resuelve por sí misma los problemas que la originaron. Su verdadero valor estará en lo que pueda generar después.

La participación ciudadana abrió un escenario para que las organizaciones de la sociedad civil asuman una responsabilidad mayor: contribuir a definir qué tipo de gobierno requiere Sinaloa y cuáles deberían ser las características de quienes aspiren a gobernarlo durante el periodo 2027-2033.

El próximo gobierno enfrentará retos enormes. No solamente en materia de seguridad, sino también ante una situación económica cuya recuperación, de acuerdo con algunos pronósticos, podría prolongarse durante años.

Superar esta situación requerirá capacidad de convocatoria, experiencia, conocimiento de la realidad sinaloense y, sobre todo, la posibilidad de construir acuerdos entre los propios sinaloenses y la Federación.

Sinaloa necesita discutir, incluso, la posibilidad de un plan extraordinario de recuperación económica que permita acelerar la reactivación, recuperar empleos y atender los efectos de una economía profundamente afectada. Se habla ya de una pérdida superior a 27 mil puestos de trabajo. El dato, por sí mismo, dimensiona la magnitud del desafío.

Pero ¿cómo identificar a quienes puedan responder a semejantes retos?

Una posibilidad sería que la sociedad civil organizada convoque a quienes aspiren a representar a los partidos de oposición a un ejercicio público de diálogo y contraste de propuestas.

Una especie de “pasarela ciudadana”, no para sustituir los procesos internos de los partidos ni para decidir candidaturas -eso corresponde a cada organización política-, sino para escuchar a quienes pretendan gobernar: conocer sus ideas, sus propuestas, su diagnóstico de la realidad sinaloense y, sobre todo, cómo piensan enfrentar los problemas que hoy padecemos.

Nadie debería ser excluido por pertenecer a determinado partido. El ejercicio tendría que ser abierto, transparente y ciudadano; sin validez jurídica para determinar candidaturas, pero con legitimidad social, ética y política.

Porque la ciudadanía tiene derecho a conocer, comparar y cuestionar.

La marcha otorgó visibilidad y legitimidad a las organizaciones ciudadanas que participaron en ella. Ahora corresponde demostrar que esa legitimidad no termina cuando se apaga la última vela o se dispersa la multitud.

El verdadero desafío comienza después de la marcha.Convertir el dolor en propuesta. La indignación en organización. La participación en exigencia permanente. Y la esperanza en una agenda concreta para Sinaloa.

Porque si después de 50 mil personas en las calles todo vuelve a ser igual, habremos tenido solamente una marcha.

Pero si esa movilización consigue abrir un proceso ciudadano permanente para discutir el futuro del estado, entonces habrá sido algo mucho más importante: el principio de un cambio en la manera de participar y de exigir resultados a quienes gobiernan.

Culiacán y Sinaloa merecen un mejor destino.Y ese destino no se construirá solamente desde los gobiernos o desde los partidos. También tendrá que construirse desde una sociedad que decidió ponerse de pie y que ahora tiene que decidir qué hacer con la fuerza que demostró tener.

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