Andrea S. Chávez
Hace unas semanas visité las torres Aillaud en la avenida Pablo Picasso, a las afueras de París. Para llegar a Nanterre tomé el metro, después un tren y finalmente un autobús. Al terminar la visita tenía contemplado hacer el mismo recorrido a la inversa, pero no pude encontrar la parada de autobús, así que decidí irme caminando. Esa caminata fue quizás una de las más importantes que hice en todo el viaje.
Para ir al metro de la Défense seguí los carteles antes que consultar alguna aplicación de mapas, y eso me permitió caminar y contemplar con atención una escena que sería inverosímil en Ciudad de México: el distrito financiero de París es peatonal. Con asombro caminé entre los edificios altos de cristal y llegué por equivocación a un centro comercial. Después ubiqué el camino para tomar el tren. Era como si hubiera caminado del centro comercial de Santa Fe hasta la estación de metro o tren más cercanos.
Pasé por una explanada súper amplia y, en uno de los costados, vi una especie de techo en forma de cuadrado blanco que cubría unas escalinatas. Me llamó la atención que, en medio del distrito financiero, hubiera personas simplemente sentadas ahí, platicando y escuchando un concierto en la tarde de un domingo caluroso. Entre el asombro y el desconcierto tomé una sola foto del techo-cubo y seguí mi ruta hacia el tren.

El Gran Arco diseñado por Von Spreckelssen y finalizado por Paul Andreu. Fotografía propia.
Días después, ya de vuelta en México, vi L'Inconnu de la Grande Arche, el filme de Stéphane Demoustier sobre la construcción del monumento. Tras verla, reconocí que la foto que había tomado casi por instinto no era una imagen cualquiera. Había pasado, sin saberlo, frente a una de las operaciones arquitectónicas y políticas más singulares del París contemporáneo.
La película sigue a Johan Otto von Spreckelsen, un arquitecto danés poco conocido en Francia, quién ganó el concurso internacional convocado en 1983 para diseñar la Tête Défense en el eje histórico de París.
El proyecto de Spreckelsen buscaba formar un cubo revestido de mármol italiano con dos enormes pilonos blancos, un vacío central y una cubierta que los une para conmemorar el bicentenario de la Revolución Francesa bajo el mandato de François Mitterrand. Con 110 metros de alto, 108 de ancho y 112 de profundidad, la escala del monumento impresiona desde el suelo. El filme, basado en el libro de Laurence Cossé, retrata la complejidad institucional, burocrática, política y técnica que exigió la realización del monumento.
Hay dos ironías reveladoras en la historia del Gran Arco: que la arquitectura tuvo que ceder ante la economía y también ante el clima. Spreckelsen dimitió en 1986 cuando se planteó introducir oficinas para hacer rentable un proyecto que originalmente se había concebido con vocación pública. El edificio terminó funcionando como inmueble de oficinas públicas y privadas. Y el mármol blanco de Carrara que defendió por su apariencia terminó deteriorándose por las condiciones climáticas de París: durante la renovación concluida en 2017 fue sustituido por granito blanco Bethel White, proveniente de Vermont.
Pero quizá lo interesante de la Grande Arche no está en la historia de cómo llegó a construirse, sino en lo que ocurre hoy debajo de él. Después de conocer los conflictos que atravesaron su construcción, regresé mentalmente a aquella tarde de domingo: las personas sentadas en las escalinatas, el concierto, la gente caminando sin prisa en medio de uno de los principales distritos financieros de Europa. La Défense sigue siendo un territorio corporativo, pero su espacio público produce una escena difícil de imaginar en otros centros financieros que conozco.
Para mí, que viví en Santa Fe y conviví de manera cotidiana con la arquitectura corporativa en un paisaje de torres aisladas, centros comerciales y movilidad exclusiva para automóviles, la experiencia resultó particularmente desconcertante. Quizás ésa sea la paradoja del Grande Arche: un monumento concebido desde el poder que, después de atravesar todas las tensiones de la burocracia y la política, terminó ofreciendo algo mucho más sencillo y difícil de diseñar: un lugar donde la gente puede simplemente quedarse.
*Andrea S. Chávez. Historiadora del arte y antropóloga urbana. Su trabajo explora las relaciones entre arquitectura, ciudad, patrimonio y memoria desde una perspectiva crítica. Escribe sobre cultura visual, espacio público y las formas en que habitamos el territorio.
@Andrea_Vez
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