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CINE: "Silvia Prieto" en México: proyección, crónica y anécdota

Sofía Garnica Esteva

Luego del 27 aniversario de su debut en las pantallas argentinas, en mayo del 99, el pasado 22 de septiembre se estrenó Silvia Prieto, película de culto dirigida por el argentino Martín Rejtman, en la Cineteca Nacional de México, con la presencia de su director en conversación con el crítico Nicolás Ruiz. El esfuerzo de traer al realizador y de su proyección en este recinto fue un trabajo combinado del colectivo El Inicio Cine y la propia institución cultural. En suma, la ocasión resultaba para muchos entusiastas del cine de Rejtman un verdadero acontecimiento. 

En cuanto la convocatoria comenzó a circular un par de semanas atrás inició para mí —y supongo que también para otras decenas aficionados— la caza de los boletos que auguraban escasear muy pronto. Al final, alcancé entradas por obra de la compulsión de revisar cada diez o menos minutos el celular; pero también gracias a una conocida, Carmen, quien nos avisó en redes que la compra ya se encontraba habilitada. Hice lo propio y volé en silencio de Instagram al portal del cine en un segundo. Compré dos boletos e imaginé que Carmen también asistiría. El asunto estaba cerrado. 

Llegados el día y la hora, me bajé del auto al límite de la hora —esto ocurre con frecuencia— mientras llovía, me encontré con mi compañero, Pablo E., fuera de la sala. Entramos y nos instalamos en los asientos que yo misma había seleccionado para descubrir que llegaba a sentarse frente a nosotros Juan Pérez con su respectivo acompañante. Llegó a cerrar el enroque Mario López, quien me suponía una conexión enrarecida, y quien terminó sentándose a un lado de Pablo. Todos ellos, personajes con su propia conexión aproximada o muy cercana. Atisbé a lo lejos a Carmen quien, en efecto, se encontraba unas butacas más abajo. Oteando más lejos y hacia todos lados no había sitio en que no encontrara un rostro familiar. En fin, suspiré con resignación ante la obviedad de que en aquella sala se encontraba reunida gran parte de una pequeña ciudad que conocí en otro momento. Aunque no hay sorpresa que permanezca como exabrupto por mucho tiempo: las luces se apagaron y la función comenzó para alivio de todos. 

“El día que cumplí 27 años decidí que mi vida iba a cambiar”; así inicia el filme, con una narración en off de Silvia Prieto (Rosario Bléfari), la protagonista de la película homónima. Continúa con mucha convicción: “Al mediodía conseguí trabajo en un bar”. Y enseguida le cuenta a su exesposo que hasta entonces ha servido 48 cafés, 20 cortados y 15 cafés con leche. También que está por comprarse un canario. Una se pregunta, tras estas resoluciones que se pretenden categóricas, si haciendo cafés y comprando un canario la vida cambia. Nuestra protagonista tiene la resolución de cambiar su vida de la noche a la mañana, cambiarla de algún modo o aun de cualquiera: trabajar en un café, dejar de consumir marihuana, conseguirse un canario —que no cante, de preferencia—, salir de viaje. Volver.

Rejtman nos confirmará esta sospecha ya en plena charla tras la proyección: no hay punto de partida o de llegada definidos en la vida de Silvia, no hay criterios con los cuales comparar la vida que le antecede y ésta que vemos en la evolución cinematográfica, su ir y venir en Buenos Aires. ¿Cuál cambio? ¿Qué cambió en su vida? ¿Cómo era la anterior? No tenemos una respuesta, sólo una concatenación de acciones y situaciones que entrelazan la vida de Silvia con la de sus amigos, un grupo de personas en un espacio limitado de interacción y conexiones. Pero tampoco es que preocupe mucho a Rejtman hacer una exégesis de esto. 

Gracias a un encuentro fortuito mientras vacaciona en Mar de Plata, Silvia descubre que otra mujer en la misma ciudad comparte su nombre. Se obsesiona con ella hasta el desagrado; Silvia la busca, la llama —a veces con insistencia, otras con reserva— hasta que la conoce. Entonces el siguiente empeño en su vida se trata de complacer a esta otra Silvia Prieto, una desconocida que en nada se parece a ella. Muchas cosas acontecen, se mueven y transmutan. El pequeño grupo de personas que rodea a Silvia comienza a nutrirse conforme se hace más evidente que quienes lo integran están emparentados entre sí a través de por lo menos una historia. Marcelo Echegoyen (Marcelo Zanelli), el exesposo de Silvia, conoce a Brite (Valeria Bertuccelli) —quien lleva el mismo nombre de la marca de detergentes que ésta promociona en las calles—; más adelante, aquél las introduce durante una incómoda velada en la que miran el vídeo de su boda. Brite por su parte, presenta a Silvia con Gabriel Rossi (Vicentico) —apodado ‘Lámpara de Botella’—, quien fuera su esposo y recién ha vuelto de una larga estancia en Los Ángeles. En otro momento, Echegoyen mira junto a Brite un programa de citas en televisión y cae en cuenta de que el soltero ganador es Garbuglia (Mucio Manchini), un excompañero del colegio tanto de él como de Marcelo. 

Todos se reencuentran ahora con cambios, trueques y canjes: cambian de esposas, cambian de ropa, de apartamento, de lámparas, botellas y figuras decorativas. Siempre girando concéntricamente entre sí. Y sus parejas hacen lo propio. Personas y objetos circulan por igual de una dirección a otra, a veces en dirección inversa. Todas las funciones que guardan respecto a los otros se reclasifican una y otra vez, incluso si esto supone modificar el uso original de un artículo: una botella vacía de whisky se convierte en una lámpara de botella; luego, en un regalo; después, en un obsequio rechazado; finalmente, en el motivo de un apodo y en una neurosis. Todo se recicla bajo el principio ordenador del bricolaje, la espontaneidad y la provisionalidad. Y sobre todo, sin dejo alguno de puritanismo moral. 

¿Hacia dónde va esta vorágine de acciones y lazos? ¿Quién lo sabe? Tampoco Martín Rejtman. El meollo del asunto, de acuerdo con su versión —la que cuenta con una sonrisa desenfadada tras la proyección—, se origina en la anécdota que una amiga tiempo atrás le compartió sobre una conocida suya. La Silvia Prieto original había esperado por largo tiempo a que su novio, un hombre casado, dejara a su mujer para casarse con ella; en el ínterin, habían acumulado decenas de electrodomésticos en el garaje de su casa. El hombre nunca se separó de su mujer ni se casó con Silvia pero, al poco tiempo, ella conoció a un amigo suyo con quien sí contrajo matrimonio y se mudó junto con todos los electrodomésticos. Otra vez, un caso que goza de la ostensible creatividad e improvisación del bricolaje. Muchas risas desde el público. 

¿No se parece mucho esto a L'ami de mon amie? —lanza alguien entre la multitud. Una comedia dirigida por Eric Rohmer en la que las historias de dos parejas se entrelazan a un grado improbable, como sugiere el juego de palabras en su título. Pero, para Rejtman, es claro que no estaba pensando en la Nouvelle Vague ni en nada por el estilo. Y sí, en cambio, en la intención de contar la historia de un grupo de personas en una ciudad, en un espacio reducido y limitado como deben de ser muchas de las redes en las que nos movemos la mayoría de nosotros. 

Alguien más desde el público: ¿qué hay del simbolismo inscrito en los objetos? ¿Qué significan la figura de porcelana, la botella, el reproductor de DVD? Y Rejtman responde desenfadado: nada de eso, no hay simbolismos sino al contrario; todo lo que hago aquí se trata más bien de literalidad, la identificación entre personajes y sus nombres hace de éstos aquello que los designa. Por ejemplo: Brite es Brite por el detergente, además de ser una promotora del propio jabón; Gabriel Rossi es ‘Lámpara de Botella’, como su apodo del colegio, que le irrita profundamente, y como uno de los objetos que vemos pasar de mano en mano a lo largo de la película; o aquel hombre italiano, conocido en Mar de Plata, que usa un saco Armani y que en adelante será nombrado nada más así, mediante esta metonimia. 

Para este momento, las relaciones entre los grupos sociales de Rejtman resultaban una ratificación de mi propia experiencia aquella tarde: situada entre la butaca F-16 junto a Pablo y a solo un asiento de Mario, justo atrás de las butacas G-16 y G-17 de Juan y su acompañante. Parecía que la circunstancia fuera el producto de una configuración azarosa, en donde hace tiempo otro se hubiera sentado en lugar de Pablo y, de igual forma, alguien más hubiera hecho lo propio en el mío. O acaso no habría nadie sentado ni aquí ni allá. En suma, estábamos ahí todos reunidos por una serie de circunstancias más o menos probables y convocados en términos de Silvia Prieto: de reclasificación y reciclaje. 

Retjman ha admitido que su propio trabajo es superficial en cuanto a argumentos, con detalles a los que no les pone mucha cabeza. Aunque hay decisiones y motivos profundos: no busca explorar la psique de los personajes; más bien, sitúa la vista en segundo plano de sus decisiones reconcentradas, que no son otra cosa que encuentros y acciones producto del azar. Lo cierto es que el mecanismo no funciona en detrimento de su propia obra y discurso; la superficialidad del filme encuentra ahí su virtud, existe a la medida de su propósito, el que cumple perfectamente, echando mano de un gigantesco sentido del humor.

Habría que dejar para el dominio del misterio las razones que demandan  profundidad a un encuentro poco grato o confuso y dejar, del mismo modo, para el dominio de la superficie todo lo demás: una lámpara improvisada, un saludo que no se encuentra —al final de aquella función no pude conversar con Carmen—, un arreglo de asientos numerados y un telón que se baja, aunque sea por un momento. Lleva algo de razón la idea de que la compulsión por buscar siempre y en todas partes sentido deviene una satisfacción malsana y demasiado afecta al sufrimiento personal; quizá sea también cierto, de vez en cuando, que todo lo que una ve en un determinado momento es —sin sentido ulterior—todo lo que hay.

*Sofía Garnica Esteva. Antropóloga y lingüista por la UNAM. Ha publicado en diversas revistas de circulación nacional.

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