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La mayor unidad posible

Culiacán, Sin.- En 1988, Chile vivió un proceso político decisivo. El plebiscito del 5 de octubre abrió la puerta para terminar con la permanencia de Augusto Pinochet en el poder. La experiencia dejó una lección interesante: partidos ideológicamente distintos decidieron poner en segundo plano sus diferencias para construir una mayoría democrática alrededor de un objetivo común. La opción NO obtuvo 54.7% de los votos.

El camino no fue sencillo ni comenzó en 1988. En 1985 se firmó el Acuerdo Nacional para la Transición a la Plena Democracia. El aprendizaje fue que la oposición necesitaba convertirse en una fuerza amplia para competir en los espacios institucionales que el régimen había dejado abiertos.

No intentaron ponerse de acuerdo en todo. Se pusieron de acuerdo en algo esencial: participar en el plebiscito bajo una sola consigna: NO a la continuidad de Pinochet.

En febrero de 1988 se constituyó la Concertación de Partidos por el NO. El espacio llegó a integrar 17 partidos y agrupaciones de distintas tendencias: demócrata-cristianos, socialistas, radicales, humanistas, liberales, socialdemócratas y otros sectores. La unidad no se construyó sobre una ideología común, sino alrededor de una causa democrática común.

Incluso se crearon instrumentos políticos con carácter transversal. El Partido por la Democracia, por ejemplo, nació con un carácter instrumental y sin fronteras ideológicas, con el propósito de reunir fuerzas diversas para enfrentar el plebiscito.

Primero construyeron el instrumento de unidad; después enfrentaron las diferencias programáticas.

Esto tiene enorme relevancia para entender el contexto actual en Sinaloa. La oposición no necesariamente tiene que presentar un programa de gobierno común para cada uno de los problemas del estado.

Puede comenzar por un mínimo común: recuperar la tranquilidad de nuestras ciudades.

Para ello se requiere movilización ciudadana, participación social y una alianza entre partidos y organizaciones civiles. Personas con posiciones políticas diferentes pueden participar en una misma estrategia sin renunciar a sus identidades.

La Concertación no nació porque sus partidos dejaran de discrepar. Al contrario: mantuvieron profundas diferencias. Lo que hicieron fue anteponer un objetivo a esas diferencias.

Esa puede ser una de las claves para Sinaloa: establecer un mínimo común democrático.

Un diagnóstico de la realidad.

Un compromiso democrático, sin exigir coincidencia ideológica.

Un instrumento electoral capaz de incorporar fuerzas diferentes.

Una candidatura común y disciplina electoral para evitar que las diferencias internas fragmenten el voto.

Una organización territorial que lleve la estrategia a las comunidades y permita construir ciudadanía capaz de defender el voto.

Una comunicación común, con un mensaje sencillo, positivo y reconocible.

Y, sobre todo, continuidad. Una eventual contienda interna no debería significar el final de la unidad, sino el comienzo de una etapa distinta.

También habría que pensar más allá de la elección: si esa unidad consigue convertirse en una alternativa electoral, deberá encontrar mecanismos para transformarse posteriormente en una coalición capaz de gobernar, sin que las diferencias terminen paralizando la acción pública.

Aquí está la parte más interesante del aprendizaje chileno. El ejercicio no consiste simplemente en “juntar partidos contra alguien”. La operación política es mucho más compleja: primero se construye una causa ciudadana capaz de superar las identidades partidistas; después, un instrumento electoral; finalmente, una alternativa de gobierno.

La pregunta para Sinaloa, entonces, no debería ser quién cede, quién gana espacios o qué partido impone sus condiciones. La pregunta es si existe la voluntad de construir la mayor unidad posible alrededor de una causa que trascienda a los partidos.

Porque quizá no sea indispensable ponerse de acuerdo, desde ahora, sobre todo el Sinaloa que queremos construir. Pero sí parece indispensable ponerse de acuerdo sobre el Sinaloa que queremos recuperar: un estado donde vivir, trabajar, producir y participar no signifique vivir bajo el miedo.

La historia no se repite mecánicamente. Pero deja lecciones que conviene estudiar hoy también con cuidado. Y una de ellas es contundente: cuando las diferencias son mayores que el propósito común, la división termina siendo el principal obstáculo. Cuando el propósito común es mayor que las diferencias, la unidad deja de ser una consigna y puede convertirse en una fuerza política.

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