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MÚSICA: La Sala Neza

Juan Pablo García Moreno

Ese día mi papá me dijo que me tenía una sorpresa. Habrá sido 2003 ó 2004. Lo recuerdo perfectamente: el asombro, la sobrecogedora admiración de entrar por primera vez a la Sala Nezahualcóyotl. Y la intuición de que se convertiría en un lugar importante para mí. Más de 20 años después, esa intuición ha sido confirmada por las horas que ahí he pasado y los recuerdos que me acompañan. 

Recuerdo, por ejemplo, la primera temporada de la Filarmónica de Minería a la que asistí. Si no me falla la memoria, fue en 2009 cuando interpretaron, ya bajo la batuta de Carlos Miguel Prieto, Harmonielehre de John Adams. No exagero al decir que ese concierto cambió mi vida. Nunca olvidaré el escándalo después del primer movimiento: la gente salió enfurecida. Hasta ese momento desconocía que esa música, y ese revuelo, tuviera cabida en una sala de conciertos. Después de eso no hubo vuelta atrás. 

Recuerdo manejar desde Cuernavaca, donde crecí, para escuchar mi primer Mahler en vivo. Recuerdo que no sabía cómo llegar —acaso lo único que no ha cambiado en estos años es que sigo siendo igual de desorientado— y que un conductor anónimo me guió desde la caseta. Ya por entonces me obsesionaba Mahler, pero desconocía por completo el nombre del director: Enrique Arturo Diemecke. No volvería a olvidar ese nombre —ni la Quinta que escuché ese día. 

Varios años después, ya viviendo en la Ciudad de México, recuerdo el momento exacto en el que entendí lo que hace un director de orquesta. Minería cerraría su temporada con la Octava de Mahler —hablamos, si no me equivoco, de 2011— y como estudiante no podía permitirme uno de los boletos de la gala. Recuerdo que alguien me llamó y me dijo: “Lánzate en este momento a la Sala Neza y entra al ensayo general”. Así lo hice. Y, abrumado por lo que en ese momento me parecía perfecto, recuerdo a Carlos Miguel Prieto interrumpir la interpretación para corregir la pronunciación de uno de los miembros del coro y pedirles que levantaran la cara al decir Blicket auf, cuyo significado —“alza la mirada”—, explicó. 

También recuerdo ver a Prieto dirigir la Turangalila de Messiaen, Porgy and Bess de Gershwin —con un coro sensacional de Nueva Orleans—, las Gurrelieder de Schöneberg y el Kullervo de Sibelius: obras que representaron para mí nuevas coordenadas de las posibilidades de la música de concierto, y que me enseñaron a escuchar. 

En la Sala también vi a Jorge Federico Osorio, a Augustin Hadelich, a Isserlis, a Lilya Zilberstein, a Pacho Flores, a Kavakos. Muchos años después de mi concierto fundamental, también fue en la sala que vi a John Adams dirigir su propia obra. Antes de que comenzara el concierto de Daniil Trífonov, recuerdo haber conversado con la persona sentada a mi lado: hoy es un gran amigo. También recuerdo la particular emoción de ver a alguien dirigir y reconocer un talento especial; dos ejemplos recientes: Katharina Wincor e Iván López Reynoso. 

Menciono todos estos nombres no por hacer un índice onomástico, sino para ilustrar que la Sala Nezahualcóyotl forma parte de un circuito internacional, de una conversación global inacabada. Es prima arquitectónica de la Philharmonie de Berlín y prima acústica de la Gewandhaus de Leipzig, a la que antecede y en ciertos sentidos supera. Es así de relevante. Y es así de entrañable para quienes hemos aprendido a escuchar en su interior. Se suele decir que es una de las salas de concierto más importantes de Latinoamérica. Me permito disentir: es una de las grandes salas, punto. 

Veinte años después de que mi padre me llevara a escuchar a John Williams, yo llevé a mi hijo a escuchar a Cri-Cri: esas cosas pasan en la Sala Neza. Hoy celebramos su primer medio siglo. Felicidades, y gracias. 

Coda

A un par de kilómetros de la Sala Nezahualcóyotl se encuentra el Centro Cultural Ollin Yoliztli, sede de la Filarmónica de la Ciudad de México. Literalmente se cae a pedazos: goteras, plafones caídos, ensayos suspendidos por falta de luz, un generador de diésel como solución. Todo frente a la mirada indolente de las autoridades capitalinas. La indignidad de las condiciones en la que trabajan los estudiantes del Centro y los integrantes de la Orquesta es una vergüenza colectiva para esta ciudad y sus habitantes. 

*Juan Pablo García Moreno. Periodista y editor.
@JpGm91

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