Valeria List
Dos viajes que no se hicieron, pero se imaginaron, fueron el origen de dos libros de poesía mexicana reciente: Libro de Bell, de Eduardo Sarvia (Cuadrivio, 2021), y América, de Rocío Cerón (2026, editado originalmente en 2010 con el título Tiento por la UANL).
América sigue la migración de una familia de tres generaciones de mujeres que van de Serbia a Sonora pasando por el sur del continente; Libro de Bell relata el viaje de un hombre por distintas ciudades de Europa y África siguiendo la huella de los escritores que estuvieron en ellas. La naturaleza de estos viajes es distinta en tanto que uno se inscribe en una tradición masculina donde el protagonista se busca a sí mismo a partir de grandes hombres y el otro en una alianza femenina donde la mujer se lee a sí a partir de sus antepasadas y la vida íntima.
En uno de los poemas de Libro de Bell, la voz explica: “Emerson dijo que viajamos por países extraños para encontrar las obras de los grandes hombres y, si es posible, entrever su persona”. En efecto, los referentes literarios y las ciudades donde nacieron o vivieron escritores y artistas visuales son la brújula que guía el trayecto. Ésta lleva al personaje a lugares mayormente turísticos (el Louvre, la Biblioteca de Alejandría) que, pese a ser comunes, aparecen con una perspectiva particular que combina la referencia literaria con la imaginación y la investigación.
Dado que este viaje es ficcional, me pregunto qué habría variado si se hubiera realizado en verdad: acaso las anécdotas inventadas serían reemplazadas por otras que habrían ocurrido, pero intuyo que algunas cosas habrían permanecido iguales. La compañía de la literatura hubiera sido la misma. La lectura adquiere una densidad distinta en el viaje; se pueden leer textos que sean pertinentes con el lugar que se visita o no. La presencia intelectual de Borges, por ejemplo, se revela al autor en lugares como Italia o Egipto. Al leer textos que fueron escritos en o sobre el lugar que se visita, el viaje adquiere profundidad; sin embargo, al leer literatura que no tiene, aparentemente, relación con el viaje, éste gana complejidad: se atan cabos que no se hubieran visto de otro modo, hay coincidencias inesperadas. En Libro de Bell ocurren las dos cosas.
En la travesía de las mujeres en América, el viaje es acompañado por la estela de un padre muerto que se encuentra presente como un resto que se abandona y también acompaña: “El significado de la destrucción del Padre. Si se miran sus cualidades esenciales se esboza el destazamiento. Echar los restos al río. Un brazo, una mano, un dedo apuntará el hallazgo: el tiempo no recordará su nombre”. Aquel destazamiento habla de la disolución de la familia pero, al mismo tiempo, vuelve corpóreo el cambio identitario que las migrantes sufren. Este fragmento recuerda la instalación de Louise Bourgeois La destrucción del padre, donde una figura fragmentada reposa sobre una mesa rodeada por otras figuras (los hijos).
En la obra de Bourgeois, el desmembramiento es un acto de justicia: romper un círculo de dolor ocasionado por el padre; en América, en cambio, la destrucción es un acto de duelo: el padre debe ser destruido para poder seguir la vida sin él. El viaje al nuevo continente, ya despojadas las mujeres del padre, puede ser iniciado. Si se me permite una lectura biografista, encuentro en esta pérdida y en este inicio una coincidencia con la de la vida de la autora: la muerte, en efecto, del padre, pero también la llegada reciente de un hijo al momento de escribir el libro. Es como si la mujer tuviera que liberarse de ese cuerpo para poder emprender su propio viaje. La travesía de este libro es también imaginaria; sin embargo, en este caso es además simbólica. El traslado que Cerón arma de un continente a otro es el necesario para volverse mujer: una epopeya femenina que, al contrario de la masculina, no se hace en solitario, sino con la compañía de la abuela y la madre.
Las mujeres no sólo cambian el lugar que habitan, sino también sus nombres: al llegar al nuevo continente, acortan el apellido “Krusevac” a “Cruz”. La migración tiene su lado terrible pero es, a su vez, el camino que las mujeres hallan para salvar sus vidas. ¿De qué huyen? No se sabe claramente, acaso para sobrevivir a la carencia económica que implicó la pérdida del hombre. El nuevo continente no es sólo promesa: el destino causa aversión por ser uno forzado. Frases como “América se hunde”, “América es una madre que mata” o “Si América no fuera un peso tan grande” muestran la gravedad del desplazamiento. Pese a que la historia es ficcional, está basada en miles de historias de migración. Pienso, por ejemplo, en la pintora Olga Costa —que huyó de Alemania con su familia debido al encarcelamiento al que su padre fue sometido por haber militado a favor de la República Socialista de Baviera—, cuyo apellido original era “Kostakowsky”. En ese acortamiento hay pérdida; también renovación y potencia.
Esta renovación es perceptible también en Libro de Bell, donde el viaje ofrece un aligeramiento de la enfermedad gracias a la evasión: el libro parte del diagnóstico de la parálisis facial, pero en muchos de los textos ésta se olvida y la atención se vuelca, en cambio, en los paisajes que se descubren. La segunda parte del libro está precedida por un epígrafe de María Negroni: “Cómo explicar a la gente, tan corta de entendederas, que un viajero es, más bien, aquel que no se mueve”. Ese viaje inmóvil recuerda el rostro paralizado que no puede expresar sus emociones aunque es atravesado por ellas; la gesticulación interna equivale a un viaje imaginario.
El trayecto sirve como un ejercicio de comparación: ante la trascendentalidad de los artistas que se mencionan (Pound, Dante, Dalí), la parálisis es algo pasajero. Esta comparación se hace más evidente ante una de las esculturas de Messerschmidt, el artista alemán que moldeaba rostros con gestos exagerados: a punto de estornudar, carcajeándose, llorando. La voz poética mira la escultura Hombre ahorcado; frente a ella, su propio “improbable busto se está riendo”. El congelamiento perenne de estas esculturas, atrapadas siempre en un gesto deforme, es terrible en comparación con una parálisis que no durará para siempre.
Además de la evasión, la búsqueda del hombre modelo en la figura del autor sirve como guía o pretexto para el viaje imaginario. Esta visión permea el universo del libro. En un poema de la segunda sección, “Espacios interiores”, el protagonista ve Troya con su hijo y le dice, parafraseando a Carlyle: “La más triste prueba de pequeñez que puede dar un hombre es no creer en la existencia de los grandes hombres”. La admiración de figuras masculinas arquetípicas contrasta con lo que se observa en el libro de Cerón —y cómo lo hace: el título original, Tiento, remite a una aproximación cautelosa al mundo: “clavando los dientes por todo el cuerpo una niña comienza a hacerse de mundo”; este conocimiento ocurre en un ambiente íntimo y cerrado: “Sisa. La cavidad. La hendidura./ Una habitación acoge el secreto de boca en boca”. Acaso por eso el lenguaje es, también, aproximativo y fragmentado.
Si bien el procedimiento y la aproximación al mundo y a la búsqueda de identidad son contrastantes en los dos libros, ambos reconocen una vulnerabilidad común. Aquel poema de Saravia dice después: “Aquiles, hijo de Peleo: ¿qué voy a hacer cuando me descubra Euristeo, cuando sepa que jamás empuñé una espada?”. La decepción de la monumentalidad masculina, de la fuerza, es declarada. Esto es una virtud del libro: no se pierde el reflejo masculino en las grandes figuras arquetípicas, pero éste se ofrece de vuelta como uno deformado, como una sombra que no llega a ser ese gran guerrero. El poeta lo admite y gravita en ese nuevo espacio de masculinidad que es, ahora, menos ambiciosa o más realista.
El libro termina diciendo: “Quiero pensar que al escribir estas palabras estoy modificando mi vida”; no el mundo, mi vida. América parte justamente del derrumbe masculino también: “Un padre es trayecto entre la creciente y lo que cae./ Algo ahí espanta”. Hay un miedo compartido al esfumarse la aparente fuerza inamovible del hombre, pero de ese derrumbe nace, en cambio, la fuerza de las mujeres. Estos libros son, en sus viajes, entonces, caminos que se cruzan para llegar al camino opuesto.
Ante el miedo, la desestabilización, nace un escenario imaginario. El viaje invita a la transformación y crea una desterritorialización lingüística: nuevos términos; extranjerismos; visiones inabarcables que no se pueden describir con la facilidad con la que se abarca un territorio conocido. Puesto que estos viajes son imaginarios, los territorios sobre los que se escriben no son los reales: los escenarios no son Serbia, Italia o París, sino lugares nuevos, que existen en el espacio de la ficción. ¿Qué rellena los huecos de lo imaginario? ¿Una idea preconcebida del lugar, de la travesía? ¿O hay acaso un descubrimiento literario, como el que se dice que ocurre con el ensayo —en el que al escribir se aprende, justamente como tanteando—, mientras el poema se crea?
Es posible: estos libros no hubieran sido los mismos si se hubieran escrito a partir de viajes reales; parece, incluso, que hablamos de cosas distintas: un viaje verdadero viene con sus propias propuestas, la experiencia viene de afuera hacia adentro; en estos libros, en cambio, el viaje se ancla en lugares reales pero éstos son creados desde un lugar interior. Las anécdotas que los desatan, además, propician estos desplazamientos con urgencia, no con la planeación tradicional con la que se viaja: ésta implica espera y un motivo que viene de otro lugar.
En Libro de Bell se cuenta, a manera de un evangelio, que todo empezó con el verbo: “Todo comenzó con la lengua. El café matutino no tenía sabor, la comida era una masa que pasaba por mi boca, el cigarro nada. Lo noté de inmediato, la vida es eso que probamos. Ya pasará, pensé, sin darme cuenta de que sólo era el principio. Desde entonces babeo al comer y cierro mi párpado izquierdo con la mano; mi voz es una cosa que se arrastra con la dificultad de un ancla hundida”.
El mundo se redescubre a partir de una nueva lengua inservible: por la boca también se aprende a ver, por la boca se deshace. En América, se describe el continente con la sorpresa —y el tiento— de una recién llegada: “América es un desierto sonoro. Cazuela de ave levanta muertos, ají de gallina abre sosiego o trucha de arcoíris empina rubias. Oscuras nubes modulan temperamentos de valle y bufeo. Crujido de lastras de Machu Picchu”. Ante estos fragmentos visual y sonoramente tan ricos, se entiende que se imagine la extranjería, el viaje imaginario, pues activa una nueva potencia del lenguaje. En los dos libros, forzar a la mente a imaginar escenarios rinde frutos también en el modo de contarlos.
*Valeria List. Su primer libro, La vida abierta, ganó el Premio de Poesía Joven de la UNAM. Escribió también Calgary (Sombrario, 2021) y Dos veces esto (Malabar, 2024). Compiló el Material de Lectura de María Enriqueta Camarillo para Vindictas: Poetas Latinoamericanas (UNAM, 2020). Ha sido becaria del FONCA Jóvenes Creadores en Poesía y de la T.S. Eliot Summer School. Realiza el doctorado en Literatura Latinoamericana en la UNAM.
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