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Sheinbaum: el futuro de la mano de AMLO

A sabiendas de que Estados Unidos ha colocado sobre su gobierno una peligrosa espada de Damocles (en forma de reclamos de extradición de funcionarios y acusaciones de complicidad de su administración con el crimen organizado), la presidenta Sheinbaum ha optado por seguirse refugiando en el desgastado relato de la defensa de la soberanía y la historieta de que Morena en la Presidencia ha empoderado al pueblo de la misma forma que antes lo hicieran los movimientos de Independencia o la mismísima Revolución.

Y para no errar, el pasado domingo,  al concluir la gira nacional realizada con motivo de su Segundo Informe de Gobierno (un recorrido de campaña abiertamente electoral por las 32 entidades del país) se amparó nuevamente en la figura de Andrés Manuel López Obrador, líder máximo, maestro suyo y figura sacramental de la cuarta transformación:  “El presidente más querido”, "uno de los grandes" [de la historia nacional] y, en la cima de la glorificación, aquello de que los neoliberales “nunca entendieron que el pueblo se levanta con dirigentes extraordinarios como Andrés Manuel López Obrador”.

En lo que va de su gobierno no han faltado los comentaristas que señalan la posibilidad de que López Obrador vuelva a la escena política nacional, incluso para encabezar una movilización al margen de la presidenta de la República, pero de momento este retorno se hace innecesario: es la misma Sheinbaum la que lo trae de vuelta una y otra vez, mostrando la enorme dependencia  que tiene con este personaje y su gran debilidad como mandataria.

Después de que el otro día enmudeciera ante una pregunta muy bien planteada  por el reportero Jorge Chaparro (acerca de por qué no hay castigo para los responsables de diversas obras fallidas en el pasado inmediato), Sheinbaum parece entender que no podrá sacar adelante por sí misma el proyecto morenista. Se sabe verdaderamente disminuida por las circunstancias adversas que enfrenta, y entonces recurre, como en los tiempos de su campaña presidencial, a nadar de muertito, sacando el flotador que cree que le puede dar la imagen de López Obrador.

Y es de la mano del patriarca que también seguirá atrincherándose en una defensa de la soberanía que, en realidad y a los ojos de muchos mexicanos y del mundo entero, no es otra cosa que la salvaguarda de las corruptelas y ligas de su partido con el crimen organizado frente a los reclamos de Estados Unidos. 

La espada de Damocles sigue ahí. Por eso ella se desgañita diciendo: “las y los mexicanos no queremos injerencias ni intervencionismo ni violación a nuestra territorialidad (...) México es un país independiente y soberano”. Es su línea argumental preferida para hacer saber a Estados Unidos que seguirá defendiendo a AMLO, sus hijos, socios y amigos.

Sin embargo, suponer que el expresidente, a pesar de las constantes revelaciones del desastre de su gobierno y los diversos escándalos de su entorno, tiene suficiente capital político para enfrentar los reclamos de la justicia de Estados Unidos, garantizar la unidad de su partido y ganar las próximas elecciones como si nada, es la apuesta más errática de Sheinbaum, sobre todo porque la derrota sería toda suya, mientras que el triunfo sólo puede ser de López Obrador. Vaya envite.

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