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El Ingeniero

Cuauhtémoc Cárdenas nació con un apellido que en México equivalía a una carrera política, una biografía anticipada y si las circunstancias ayudaban, su lugar en la silla grande. Ser hijo del Tata no garantizaba llegar a Los Pinos, pero ciertamente evitaba tener que explicar demasiado porqué aspiraba regresar a su casa de infancia, la vieja Hacienda La Hormiga.

El Ingeniero siempre tuvo una virtud indiscutible. Supo desafiar al sistema del que había sido beneficiario. Supo mostrarse como justiciero social y progresista. Fue gobernador priista de Michoacán, senador y heredero de una de las dinastías políticas más respetadas del país. Entonces descubrió que el PRI necesitaba democratizarse cuando el mecanismo sucesorio dejó de favorecer sus aspiraciones. Una coincidencia que no invalida su lucha, pero que siempre conviene recordar.

En 1988 encabezó una rebelión electoral que sacudió al régimen. La caída del sistema, el fraude denunciado y la movilización ciudadana marcaron un parteaguas. Cárdenas fue una pieza fundamental de aquel movimiento, aunque la nueva democracia mexicana tuvo muchos impulsores y ninguno podría reclamar hoy la patria potestad.

Pero el Ingeniero parecía convencido de que la historia le debía algo. Además siempre hacía comentarios al respecto en la forma del plural, como para quitarse ese peso.  “Nosotros creemos que el sistema no funciona”. Y cuando uno cree que la historia viene como una deuda personal, suele confundir la perseverancia con el derecho de cobro.

Fundó el PRD junto con otros líderes y ganó la primera elección para gobernar democráticamente la capital. Entonces se construyó una alternativa real al PRI. Hasta ahí, el reconocimiento hacia el es obligado.

El problema fue su relación con el espejo y la historia que se contaba a sí mismo.

Tuvo tres candidaturas presidenciales, una en 1988, otra en 1994 y la última en 2000. La primera representó una esperanza colectiva. Las siguientes parecieron responder cada vez más a una necesidad individual. Parecía que la democracia consistiera en repetirse hasta que los mexicanos comprendieran quién debía ganarla.

Mientras el país cambiaba, Cárdenas permanecía fiel a una idea bastante cómoda de la renovación política. La que comenzaba con él y preferentemente, terminaba también con él.

No fue un líder frustrado ni un impostor democrático. Fue algo más interesante y contradictorio. Un hombre que contribuyó a abrir las puertas de un sistema cerrado, pero que nunca terminó de aceptar que otros inconformes pudieran pasar sin pedirle permiso.

Su apellido fue su mayor capital político y quizás también su condena. Vivió bajo la sombra monumental de su padre, intentando construir una estatura propia que a veces confundió con la obligación de estar a su altura.

Murió a los 92 años y merece un lugar en la historia moderna de México. Sin altares. Sin canonizaciones. Sin la patente de una democracia que construyeron millones más.

Se propuso cambiar la historia de México y fue uno de los que lo consiguió. La historia le dio su lugar, pero jamás le dio las gracias. Quiso ser el único autor y terminó siendo un capítulo.

Descanse en paz.

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